El refugio de piedra en el puerto de San Bernardo fue un respiro efímero de cuatro horas. La nieve, que había caído con furia durante la noche, se transformó en una lluvia gélida y persistente a medida que descendíamos hacia el valle del Ródano. El paisaje ya no era la postal suiza de precisión y orden; era un cuadro de desolación post-industrial, con fábricas silenciosas y líneas de alta tensión que colgaban como lianas muertas sobre la autopista abandonada.
Liam conducía el todoterreno con un