La suite estaba sumida en un silencio tan denso que parecía absorber cualquier resto de sonido. Afuera, la ciudad seguía viva: bocinas lejanas, un murmullo constante de motores y voces, luces intermitentes que parpadeaban como si la noche entera respirara. Pero adentro, todo parecía detenido en un limbo privado, donde el único compás era el murmullo lejano del aire acondicionado y el acompasado —aunque inquieto— respirar de dos personas que, pese a compartir la misma cama, parecían estar separa