Alicia mantenía las garras extendidas, rígidas como cuchillas forjadas por la rabia y la memoria. Estaban tan cerca del cuello de Elías que podía sentir el calor de su piel y el pulso irregular que traicionaba el miedo que él se empeñaba en ocultar. Cada latido era un recordatorio: estaba vivo solo porque ella aún no había decidido lo contrario.
El bosque parecía contener el aliento. Incluso las sombras se mantenían quietas, expectantes.
—No lo hagas —dijo Elías finalmente, con esa voz suya sua