El aire en la recámara todavía vibraba con el eco de los gemidos y el choque de dos naturalezas indomables. Scarleth no perdió tiempo en cubrirse del todo; para ella, la ropa no era una necesidad, sino un estorbo de la civilización que despreciaba.
Con paciencia, tomó apenas un fragmento de seda desgarrada, lo suficiente para no andar completamente desnuda ante los ojos de los demás, pero no lo hizo por pudor. Cada centímetro de su piel expuesta era un desafío, una declaración de guerra.
Su cue