La sangre de Roderick no cayó con violencia, ni fue producto del caos de la batalla. Fue un acto consciente, solemne, casi ritual. Él abrió la palma de su mano libre y dejó que el rojo espeso resbalara lentamente, como si cada gota cargara una medida sanadora. La sangre tocó el pecho herido de Samantha y se deslizó por su piel marcada, dibujando caminos invisibles que solo la sangre compartida podía reconocer.
Samantha se arqueó con una respiración profunda.
El dolor seguía ahí, punzante, pero