El aire en la sala de juntas de la corporación era pesado, casi irrespirable. Los hombres más poderosos de la industria estaban sentados alrededor de la gran mesa de caoba pulida.
El ambiente estaba cargado de dudas. Los socios murmuraban entre ellos, lanzando miradas de desconfianza hacia la silla principal del consejo, que permanecía vacía.
Esa silla representaba el poder absoluto. Y hoy, todos sabían que ese poder había cambiado de manos de la forma más inesperada posible.
Arthur Vanderbilt