Sean estacionó su deportivo plateado frente a la residencia de Elowen. La casa era una fortaleza de buen gusto, discreta pero imponente, rodeada de muros que parecían aislarla del mundo.
Sean bajó del auto luciendo un traje gris impecable, sin una sola arruga. En el asiento del copiloto descansaba una caja envuelta en papel de regalo de una juguetería exclusiva de la ciudad. Su visita no era casual, entre la confesión brutal de Killian y lo que había visto la noche anterior, necesitaba confirma