El aire en la lujosa suite del hotel estaba cargado de una mezcla de ambición, sudor y deseo. Las sábanas de seda estaban revueltas, delatando que Sean y Vianca habían pasado toda la tarde entregados a una pasión que era más un escape que amor. Vianca seguía sentada en el regazo de Sean, todavía con el cabello alborotado y los labios hinchados, apretando el teléfono móvil contra su pecho como si fuera un tesoro maldito que no quería soltar.
—No es solo el niño lo que debe preocuparte, Vianca —d