El aire en el despacho de Alaric Valkirion se había vuelto denso, casi sólido, como si el oxígeno se hubiera agotado de repente. Arthur Vanderbilt estaba de pie frente al imponente escritorio de cristal, con el rostro desencajado y las manos que no dejaban de temblar.
Había entrado, exigiendo respuestas, sintiéndose el centro de una traición injusta. Pero, en apenas unos minutos, se había encontrado con una verdad que lo golpeó como un mazo en el pecho.
Alaric no se movió ni un milímetro tras s