El aire en el último piso del edificio Valkirion en Zúrich se sentía pesado, cargado de esa electricidad que solo tienen los lugares donde se decide el destino de miles de personas. Allí arriba, el poder no era algo que se imaginaba, era algo que se podía respirar en cada rincón de mármol y cristal. Elowen no miraba por el ventanal para soñar con el paisaje suizo; miraba hacia afuera para vigilar su reino, como un halcón que controla su territorio. El viento golpeaba con fuerza los cristales re