Habían pasado ya tres meses desde que el jet privado de Alaric aterrizó en el aeropuerto de Zúrich, y para Elowen, ese tiempo se sentía como una vida entera. El invierno suizo era implacable, cubriendo las montañas de un blanco purísimo que ella nunca había visto en las calles grises de Chicago.
Elowen se encontraba de pie frente al gran ventanal de su habitación, observando cómo los copos de nieve bailaban en el aire antes de posarse sobre el jardín. De manera instintiva, llevó sus manos hacia