El aire en el salón principal del hotel más exclusivo de Chicago estaba saturado de un perfume francés carísimo, de una ambición desmedida y de una falsedad tan espesa que casi se podía cortar con un cuchillo. Eran los 50 años de Vanderbilt Industries, y cada rincón de la decoración gritaba que la familia seguía en la cima del mundo, aunque por dentro todo se estuviera cayendo a pedazos. Había lámparas de cristal colgando del techo que lanzaban destellos dorados por todas partes, mesas cubierta