Había pasado un mes desde la gala, y la mansión Vanderbilt se había transformado oficialmente en un cuartel de guerra nupcial. Telas de seda blanca, muestras de pasteles y catálogos de flores inundaban cada rincón, pero para Elowen, el aire era cada vez más difícil de respirar. No era solo el cansancio acumulado por las jornadas interminables; era un mareo persistente que la atacaba nada más abrir los ojos al despertar, una sensación de que el suelo se inclinaba bajo sus pies sin previo aviso.