Habían pasado tres días desde el estallido de los cristales en el salón, y el aire en la mansión Vanderbilt seguía oliendo a incienso y a secretos mal guardados. Killian Draken estaba de pie en el gran recibidor, con las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo, observando el ascenso de la gran escalera como quien espera una sentencia de muerte. La culpa y la desesperación eran sus únicas compañeras en aquella espera.
—¿Otra vez aquí, cariño? No es que me queje, pero pareces un hombre nuevo