64. La Marca
La madrugada aún no se atrevía a teñir el cielo cuando Ailén despertó con un ardor insoportable en el brazo. El dolor la atravesó como un relámpago seco, arrancándole un gemido que quebró el silencio de la habitación.
Se sentó de golpe, jadeando. El sudor le perlaba la frente y el corazón le retumbaba como un tambor de guerra. Se llevó la mano al antebrazo derecho, donde la piel ardía con intensidad. Al tocarlo, sintió algo más: un leve relieve, como si algo se hubiera grabado bajo su piel mien