Dentro de la habitación reinaba una tensión sofocante. Aurora yacía sobre la gran cama, el rostro empapado de sudor y lágrimas. Sus manos se aferraban con tanta fuerza a las sábanas que sus nudillos se habían puesto blancos. Cada contracción que la golpeaba hacía que su cuerpo se arquease de dolor. Su respiración era entrecortada, irregular, apenas podía seguir el ritmo.
—Damian… Damian, duele… duele tanto…
Damian estaba sentado junto a la cama, el rostro convertido en una máscara de acero que