Clara aún sollozaba, pero esta vez una pequeña sonrisa comenzaba a devolver la luz a su rostro.
—¿De verdad? ¿De verdad quieres ser mi amigo? ¿Incluso después de saberlo todo?
—¡Claro! Te lo prometo. A partir de ahora, me tienes a mí.
En la terraza, Damian observaba la interacción de los dos niños. Sus oídos de lobo, agudos, captaban cada palabra. Su mirada seguía siendo dura, aunque una leve grieta aparecía en su muro de cautela. Veía a su propio hijo: el pequeño Leon, que en la escuela solía