La sangre goteaba del mentón de Damian, cayendo lentamente sobre el suelo de acero oxidado de la estación subterránea, ahora convertida en un campo de batalla. Sus garras estaban agrietadas, su cuerpo cubierto de heridas que no terminaban de sanar. Sebastian se encontraba a unos metros de distancia.
—Te estás volviendo lento, Damian —se burló Sebastian mientras avanzaba—. ¿Heridas por la edad? ¿O miedo a que tu hijo te vea morir?
Damian no respondió. A su alrededor, decenas de cuerpos mutantes