Al regresar de la oficina, Leon volvió enseguida a la gran casa donde vivían. Después de cambiarse de ropa, tomó su teléfono móvil. Según las reglas que Aurora y Damian habían establecido, Leon solo podía jugar durante una hora. Encendió su juego favorito, sus dedos se movían con agilidad sobre la pantalla mientras su rostro se concentraba al máximo.
Sin embargo, cuanto más jugaba, más se le venía a la mente otra cosa. La imagen del rostro de una compañera de la escuela apareció sin previo avis