Leon se acurrucó en la esquina de la pequeña cama, abrazando con fuerza el viejo dinosaurio de peluche que Sebastian le había traído tres días atrás. A pesar de los juguetes y la comida caliente, la habitación se sentía extraña, vacía y triste. No sabía dónde estaba su madre. No sabía si esto era un castigo. Lo único que sabía era que ese no era su hogar y quería volver.
Poco a poco, Leon caminó hacia la puerta. Sabía que Sebastian no la había cerrado con llave ese día. El hombre había salido todo el día, dejando solo a Iván, el guardia, que solía sentarse en la sala exterior leyendo el periódico. Leon pegó el oído a la puerta y no escuchó nada. La abrió con cuidado.
El pasillo oscuro se extendía en silencio. La respiración de Leon se entrecortó. Avanzó despacio, un pie delante del otro. Su mano palpaba la pared, buscando una salida.
Tras varias vueltas, vio una luz filtrarse por la rendija de una puerta al final del pasillo. Su corazón empezó a latir con fuerza.
—Debe de ser la salid