El hospital del White Pack seguía cargado de un ambiente sombrío. Varios miembros del consejo venían cada día solo para preguntar por noticias, pero siempre se iban con el ceño fruncido. Para ellos, Damian no era solo un Alpha, sino también el símbolo del poder del White Pack. Si moría, el equilibrio de la manada podía desmoronarse.
Aurora casi todos los días se sentaba en la UCI, velando a Damian. A veces se dormía en la dura silla; a veces solo se quedaba mirando su rostro en silencio. Leon casi no se separaba del lado de su padre. Cada día dibujaba y pegaba sus dibujos en la pared de la UCI: dinosaurios, casas, e incluso a su pequeña familia —él, Mamá y Papá— tomados de la mano.
Esa noche, Aurora estaba en la silla, con un abrigo grueso. Sostenía la mano helada de Damian, como hacía desde el primer día.
—Damian, tienes que despertar. Le prometí a tu padre que te dejaría volver por Leon. Pero si sigues dormido, todo lo que hago no servirá de nada.
Aurora agachó la cabeza; sus lágrim