La casa de Damian esa noche se sentía más fría de lo habitual.
Estaba sentado solo en la silla, bajo la tenue luz de la lámpara de mesa, releyendo las cartas de Leon que aún guardaba cuidadosamente en una carpeta negra. Cada frase inocente de su hijo parecía recordarle lo valiosa que era la segunda oportunidad que quería luchar por obtener.
Pero aquella calma se rompió cuando su teléfono vibró. El nombre que apareció lo sorprendió: Arc.
Hacía mucho tiempo que no recibía una llamada de aquel hombre desde que lo habían expulsado de la Manada White.
—¿Arc?
—Señor, no sé si hago bien en esto, pero debe saber algo.
Damian se enderezó. —Habla.
—Es sobre Leon.
La sangre de Damian pareció detenerse. Sus dedos se aferraron al brazo de la silla.
—¿Qué le pasó a mi hijo?
—Hay rumores que van más allá de simples habladurías. He recibido noticias de que Leon fue secuestrado.
—¿Qué? ¿Quién se atrevería a tocar a mi hijo?
—El nombre no se menciona directamente, pero las huellas apuntan con claridad