Ya no teníamos nuestra privacidad como pareja, nuestros momentos de intimidad, nuestros secretos. Toda pareja tiene sus momentos de lujuria, caricias, complicidad. Y Davi siempre fue muy activo, siempre me deseó, siempre me quiso. Podía ser en la sala, en el dormitorio, en la cocina, no importaba la hora ni el lugar. Pero, con la presencia constante de Otávio en nuestra casa, esos momentos se volvieron raros, casi inexistentes. Otávio vivía interrumpiéndonos, rompiendo el ambiente, avergonzándonos. Y eso enfurecía aún más a Davi, lo frustraba.Entonces, Otávio comenzó a proferir palabras venenosas a Davi, a minar su confianza, a envenenar su corazón. Decía que yo no era mujer para él, que era débil, inmadura, ingenua. Que ni siquiera debía saber hacer sexo bien, por ser muy joven, muy inexperta. Que existían mujeres mucho mejores que yo, más bonitas, más inteligentes, más interesantes. Que, en la primera oportunidad, lo traicionaría, lo abandonaría. Que no valía nada, que era una pará
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