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El coche finalmente se detiene frente a la casa de Fernanda. El conductor se gira hacia mí, con una mirada de preocupación en su rostro.
—Señorita, ¿está bien? ¿Necesita ayuda? —pregunta, con voz suave.
Intento sonreír, pero el movimiento hace que mi labio partido duela. Niego con la cabeza.
—Estoy bien... gracias —respondo, con la voz ronca.
Tomo mi bolso con las manos temblorosas y bajo del coche. Las piernas amenazan con ceder, pero me apoyo en la puerta del vehículo hasta que se al