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Despierto con un ruido. La luz del día entra por la ventana. Mi cuerpo está dolorido, cada músculo grita en protesta cuando intento moverme.
—Buenos días, dormilona —oigo la voz de Fernanda.
Está en la cocina, preparando algo. El olor a café llena la sala.
—¿Qué hora es? —pregunto, con la voz ronca.
—Casi mediodía. Necesitabas descansar.
Intento sentarme, pero un gemido escapa de mis labios. Fernanda corre a ayudarme, colocando una almohada en mi espalda.
—Calma, despacio. Estás toda