8

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Despierto con un ruido. La luz del día entra por la ventana. Mi cuerpo está dolorido, cada músculo grita en protesta cuando intento moverme.

—Buenos días, dormilona —oigo la voz de Fernanda.

Está en la cocina, preparando algo. El olor a café llena la sala.

—¿Qué hora es? —pregunto, con la voz ronca.

—Casi mediodía. Necesitabas descansar.

Intento sentarme, pero un gemido escapa de mis labios. Fernanda corre a ayudarme, colocando una almohada en mi espalda.

—Calma, despacio. Estás toda lastimada —dice, con preocupación.

—Estoy hecha un desastre, ¿verdad? —pregunto, con una sonrisa amarga.

—Estás viva. Y eso es lo que importa.

Me entrega una taza de café. Mis manos tiemblan tanto que casi lo derramo.

—Mira, Isa... pensé mejor lo de la comisaría —dice, dudando.

—Sí, yo también lo pensé. Davi va a usar sus contactos... —respondo, sintiendo la esperanza disminuir.

—No es eso. —duda. —Quizás necesitemos otra estrategia.

—¿Cómo así? —pregunto, frunciendo el ceño.

Fernanda se sienta a mi lado.

—¿Recuerdas que te hablé de unos amigos? Rafael y Vinícius —pregunta.

—Sí... —respondo, confundida.

—Ellos... tienen algunos contactos. Gente que puede ayudar. Gente que no le teme a Davi.

—Fernanda, no quiero meter a más gente en esto... —digo, preocupada.

—No vas a meter a nadie. Pero necesitamos ayuda, Isa. No podemos enfrentar a Davi solas.

Me quedo en silencio, pensando. Tiene razón. Davi tiene poder, dinero, influencia. Sola, no tengo oportunidad.

—¿Y qué pueden hacer esos amigos...? —pregunto, finalmente.

Fernanda sonríe, pero es una sonrisa sin gracia.

—Pueden esconderte. En un lugar seguro. Hasta que descubramos qué hacer.

—¿Esconderme? ¿Cómo así? —pregunto, confundida.

—Tienen una casa. En el interior. Lejos de aquí. Nadie te va a encontrar allí.

—¿Y tú? ¿Vas conmigo? —pregunto, sintiendo que el miedo oprime mi pecho.

—Me voy a quedar aquí. Alguien tiene que mantener a Davi distraído, hacerle creer que todavía estás en la ciudad —explica.

—Fernanda, eso es demasiado peligroso... —digo, preocupada.

—Lo sé. Pero es la única manera.

Tomo su mano.

—No quiero que te lastimen por mi culpa...

—No me estás dando opción, abejita. Eres mi mejor amiga. Y no voy a dejar que te destruya.

Las lágrimas vuelven a mis ojos.

—¿Qué hice para merecerte? —pregunto, con la voz entrecortada.

—Sobreviviste. Y vamos a seguir sobreviviendo. Juntas.

Se levanta y toma el celular.

—Voy a llamar a Rafael. Vamos a organizar tu salida de la ciudad hoy mismo —dice, decidida.

—¿Hoy? —pregunto, sorprendida.

—Cuanto antes, mejor. Davi no va a tardar en descubrir que estás aquí.

Mi corazón se acelera.

—Pero no tengo nada... mis cosas... —digo, desesperada.

—Compramos lo que necesites. Lo importante es que estés viva, Isa. El resto, lo resolvemos después.

Miro mis manos lastimadas. Mi rostro hinchado que veo reflejado en el espejo de la sala. El celular apagado en el cajón, con los mensajes de Davi esperando ser leídos.

Es ahora, pienso. Es ahora o nunca.

—Está bien. Hagámoslo —digo, finalmente.

Fernanda sonríe, pero sus ojos están llorosos.

—Va a salir bien, Isa. Ya verás.

Y, por un instante, realmente lo creo.

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