La mansión estaba en silencio.
El reloj marcaba las 2:43 a.m.
En el estudio, la chimenea chisporroteaba débilmente.
La lluvia golpeaba los ventanales como si quisiera entrar.
Y Thomas estaba sentado, solo, con una copa en la mano.
El líquido ámbar no temblaba en el cristal.
Su mano sí, apenas.
Sus nudillos sangraban.
Sus labios estaban apretados.
Sus ojos fijos en la nada.
Henry entró en silencio. No hizo preguntas. No lo miró con lástima.
Se acercó con un botiquín pequeño. Se sentó frente