El estudio estaba casi en penumbra. Solo la luz ámbar de una lámpara bañaba el escritorio, derramándose sobre los papeles ordenados con una precisión que no decía nada… y lo decía todo.
Anfisa permanecía de pie frente a él, las manos enlazadas contra su abdomen, mientras el silencio se espesaba como una tela pesada. Ya empezaba a parecerse a una costumbre: encontrarse en la misma habitación, sin atreverse a hablar primero.
Thomas no levantó la mirada de lo que estaba leyendo. Sus ojos recorrían