El cuerpo de Anfisa yacía jadeante bajo el de Thomas, sus pechos subían y bajaban con la respiración entrecortada, aún sensibles, marcados por el recorrido de su boca. Tenía la piel perlada de sudor, las piernas temblorosas todavía enredadas alrededor de sus caderas, como si no pudiera —o no quisiera— soltarlo. Él la cubría parcialmente, una mano grande descansando en su muslo alzado, su otra mano en la nuca de ella, acariciándola sin pensar, con los dedos entrelazados en su cabello.
Thomas n