6 | Entre las sombras y el deseo

POV EVIE

La habitación del Alfa era tal como la recordaba en mis pesadillas, solo que ahora se sentía más pequeña, asfixiante bajo el peso de los recuerdos. El aroma de Lysander impregnaba cada rincón: cuero, madera de sándalo y ese toque metálico de tormenta que solía hacerme flaquear las rodillas. Pero yo ya no era la niña que se conformaba con las migajas de su atención.

Habían pasado dos horas desde que Cyra fuera llevada a la enfermería. El médico de la manada, aterrado bajo mi mirada de Loba Blanca, había aplicado el antídoto de la Flor de Luna. Félix se había negado a soltar la mano de su hermana, quedándose dormido en un sillón junto a su cama. Solo cuando estuve segura de que el color volvía a las mejillas de mi hija, me permití retirarme a los aposentos del Alfa, escoltada por un Lysander que no se había alejado de mí ni un centímetro.

La puerta se cerró con un clic definitivo. Me quedé de pie junto al balcón, mirando hacia la oscuridad del bosque, dándole la espalda al hombre que me observaba desde el centro de la estancia.

—Puedes dejar de fingir que te importa, Lysander —dije, mi voz rompiendo el silencio como un cristal fino—. Ya estamos aquí. Tienes a tus "herederos" bajo tu techo. Puedes volver con tu esposa y dejar de actuar como el protector que nunca fuiste.

—No voy a ir a ninguna parte, Evie —su voz estaba más cerca de lo que esperaba. Sentí el calor de su cuerpo irradiando detrás de mí, aunque no me tocaba—. Y Roseanne no es mi esposa. No ante la Diosa Luna. No ante mi lobo.

Me giré bruscamente, mis ojos azules centelleando en la penumbra. —¡Tuviste una ceremonia! ¡La reclamaste frente a todos mientras yo me desangraba por dentro! No vengas ahora a decirme que los votos que hiciste no cuentan porque te conviene.

Lysander dio un paso adelante, acortando la distancia. En la semi-oscuridad, sus ojos grises parecían dos carbones encendidos. Su mandíbula estaba tensa, y pude ver la cicatriz que cruzaba su cuello, una marca que no tenía hace cinco años.

—Esa noche... cometí el error más grande de mi existencia —admitió, y su voz tembló con una honestidad brutal—. Creí que ser un buen Alfa significaba elegir la fuerza lógica sobre el instinto. Pero mi lobo... él nunca la aceptó. Pasé cinco años en un infierno, Evie. Cada vez que intentaba acercarme a ella, mi parte animal me rechazaba, pidiendo por ti. Roseanne es la Luna de Blood-Crag solo en el papel. Mi cama nunca ha visto su presencia.

—Me importa muy poco dónde duerma Roseanne —mentí, sintiendo cómo el vínculo de mate intentaba tirar de mis fibras más profundas—. Lo que me importa es que mis hijos están en peligro en este lugar. Ella intentó matarlos hoy. ¿Qué vas a hacer al respecto? ¿O vas a dejar que tu "Luna" siga enviando mercenarios?

Lysander golpeó la pared junto a mi cabeza con el puño, no por ira hacia mí, sino por la frustración que lo consumía. —Roseanne será juzgada. Pero necesito pruebas que la manada no pueda ignorar. Sus padres siguen teniendo mucha influencia entre los ancianos. Si la expulso sin un juicio formal, provocaré una guerra civil que pondrá a Félix y Cyra en el fuego cruzado. Dame tiempo, Evie.

—No tengo tiempo, Lysander. Solo tengo instinto —me acerqué a él, desafiante, hasta que mi pecho rozó el suyo—. Y mi instinto me dice que eres tan peligroso para ellos como ella.

Él bajó la vista hacia mis labios, y por un segundo, el aire entre nosotros se volvió inflamable. Su mano subió, rozando apenas mi mejilla con el dorso de sus dedos. El contacto envió una descarga eléctrica que me recorrió la columna, despertando a Silver en mi interior. Mi loba quería ronronear, quería someterse a su Alfa, pero mi mente humana gritó: ¡No!.

—Estás hermosa —susurró él, ignorando mis palabras—. Esa Loba Blanca... es magnífica. Te ha dado una fuerza que me aterra y me fascina al mismo tiempo. ¿Cómo pudiste ocultarlo tanto tiempo?

—El dolor es un gran maestro —respondí, apartando su mano de un golpe—. Aprendí que el poder no se muestra hasta que es necesario para sobrevivir. Tú me enseñaste que ser débil era una sentencia de muerte. Así que dejé de serlo.

Él soltó un suspiro pesado y se alejó hacia el sofá de cuero que presidía la habitación. Se sentó, frotándose las sienes con cansancio. Se veía agotado, como un hombre que ha llevado el peso del mundo sobre sus hombros y finalmente se ha quebrado.

—Mañana presentaremos a los niños oficialmente —dijo, cambiando de tema—. La manada necesita verlos. Necesitan saber que el linaje continúa.

—No vas a exhibirlos como trofeos —advertí—. Félix es inteligente, sabe quién eres. Y no te quiere, Lysander. Te ve como el hombre que hizo llorar a su madre durante años. Tendrás que esforzarte mucho más que un desfile para ganarte su respeto.

—Lo sé —murmuró—. Y lo haré. Empezando por protegerte a ti.

Me reí, una risa seca y carente de humor. —¿Protegerme? Me protegí sola durante cinco años en las Tierras de Nadie. Luché contra lobos hambrientos, contra el frío y contra el hambre. No necesito tu protección. Solo necesito que cumplas tu palabra y cures a mi hija.

Lysander se levantó de nuevo, esta vez con una determinación renovada. Caminó hacia el armario y sacó una de sus camisas de seda negra, lanzándola sobre la cama. —Dúchate. Estás cubierta de sangre y barro. Mañana será un día largo.

—¿Y tú dónde vas a dormir? —pregunté, arqueando una ceja.

Él me miró de arriba abajo, con una chispa de picardía que me recordó al Lysander del que me enamoré antes de que se convirtiera en Alfa. —Esta es mi habitación, Evie. Y fuera de esa puerta hay guardias que responden a Roseanne y a los ancianos. Si salgo de aquí ahora, todos sabrán que nuestra unión es una farsa y perderé la autoridad para proteger a los niños.

—No voy a dormir contigo —dije con firmeza.

—Dormirás en la cama. Yo dormiré en el sofá —sentenció él—. Pero estaremos en la misma habitación. Acostúmbrate, mi Luna. A partir de ahora, el mundo va a creer que somos uno solo. Es la única forma de mantener a nuestros enemigos a raya.

Me quedé mirándolo, debatiéndome entre la furia y la lógica. Él tenía razón en algo: la seguridad de los niños dependía de la imagen de unidad. Si la manada veía grietas, atacarían.

Entré al baño de mármol sin decir otra palabra. Dejé que el agua caliente lavara la mugre del bosque, pero nada podía lavar la sensación de sus ojos sobre mi piel. Al salir, envuelta en su camisa negra que me llegaba a medio muslo, lo encontré recostado en el sofá, con los ojos cerrados pero la respiración alerta.

Me metí en la cama, el mismo colchón donde una vez imaginé que pasaríamos nuestra noche de bodas. Estaba frío. El silencio era absoluto, roto solo por el sonido de la lluvia golpeando los cristales.

—Evie... —su voz llegó desde la oscuridad del sofá, suave y rota.

—¿Qué?

—Perdóname. Sé que no es suficiente, sé que nada lo será. Pero pasaré el resto de mi vida intentando que el peso de ese perdón no sea tan grande para ti.

No respondí. No podía. Las lágrimas que había retenido todo el día empezaron a mojar la almohada. Quería odiarlo, necesitaba odiarlo para sobrevivir, pero la conexión entre nuestras almas era un lazo de hierro que se negaba a romperse.

Mientras tanto, en el ala opuesta de la mansión, una luz permanecía encendida. Roseanne miraba su reflejo en el espejo, con el cuello marcado por mis dedos y los ojos inyectados en sangre. No estaba llorando; estaba preparando algo. En su mano sostenía un pequeño frasco con un líquido plateado.

—Si no puedo ser la madre de sus herederos —susurró Roseanne a su reflejo—, entonces no habrá herederos que hereden nada.

La guerra en Blood-Crag apenas estaba comenzando, y la noche, aunque tranquila en apariencia, era el preludio de una tormenta que amenazaba con devorarnos a todos.

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Tere Verasus padres ellas acaso no son hermanas ...
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