5 | Las cenizas del pasado

POV EVIE

El todoterreno negro de Lysander rugía mientras subía por la ladera de la montaña hacia la mansión principal de la Manada Blood-Crag. Yo miraba por la ventana empañada, viendo cómo los robles centenarios pasaban como fantasmas. Cada metro que avanzábamos era un clavo más en el ataúd de mis recuerdos. Hacía cinco años, salí de aquí bajo la lluvia, rota y humillada. Hoy regresaba en el vehículo del Alfa, custodiada por su guardia personal, pero con el corazón blindado por el hielo.

A mi lado, Cyra descansaba en mi regazo. Su respiración era corta y superficial; las venas de su pierna empezaban a tornarse de un color púrpura oscuro, señal de que el veneno de plata estaba ganando terreno. Félix estaba sentado al otro lado, con la espalda recta y los puños apretados. Sus ojos grises no se apartaban de la nuca de Lysander, quien conducía en un silencio sepulcral, con las manos tan apretadas al volante que sus nudillos estaban blancos.

—Ya casi llegamos, pequeña —susurré al oído de Cyra, depositando un beso en su frente sudorosa—. Mamá está aquí. Nadie te hará daño.

Lysander me miró por el espejo retrovisor. Sus ojos reflejaban una tormenta de culpa y una posesividad salvaje que me hacía querer gruñir. —El médico de la manada ya está en la mansión. He ordenado que preparen la Flor de Luna. No permitiré que le pase nada, Evie. Te lo juro por mi honor.

—Tu honor murió la noche que me rechazaste, Lysander —respondí sin mirarlo—. Solo asegúrate de que el antídoto esté listo. Si mi hija no despierta, reduciré este lugar a cenizas, contigo dentro.

El vehículo frenó en seco frente a la imponente estructura de piedra y cristal. La mansión del Alfa seguía siendo un monumento a la arrogancia. En la entrada, una multitud de lobos se había reunido. Los rumores corrían rápido en una manada: el Alfa había regresado de la frontera con una mujer y dos niños.

Cuando la puerta del coche se abrió, el aire frío de la montaña me golpeó el rostro. Lysander rodeó el vehículo para ayudarme, pero lo aparté con un hombro frío mientras cargaba a Cyra en mis brazos. Félix bajó de un salto, colocándose de inmediato a mi lado, mirando a los guerreros con un desafío que los dejó mudos.

—¡Abran paso! —rugió Lysander, recuperando su aura de mando—. ¡Al hospital de la mansión, ahora!

Caminamos por el pasillo principal, el mismo donde una vez serví como poco más que una criada. Los lobos se pegaban a las paredes, susurrando mi nombre con asombro. “¿Es ella?”, “¿La hermana de Roseanne?”, “Miren al niño, es el vivo retrato del Alfa”.

Pero el aire cambió de golpe cuando llegamos al gran vestíbulo. En lo alto de la escalera doble, envuelta en un vestido de seda que costaba más que la vida de diez omegas, estaba ella.

Roseanne.

Su rostro, antes lleno de una belleza triunfal, se transformó en una máscara de horror puro al verme. Sus manos se aferraron a la barandilla de mármol con tanta fuerza que el material crujió.

—¿Evie? —su voz salió como un chillido estrangulado—. ¡Imposible! ¡Tú moriste en el río!

Me detuve en seco. Lysander se puso frente a mí, pero lo aparté. Quería que ella viera cada centímetro de la mujer en la que me había convertido.

—Parece que el río no me quiso, hermana —dije, y mi voz resonó con el eco de Silver, mi loba blanca—. Y por lo que veo, el trono de Luna te queda demasiado grande. Sigues oliendo a desesperación.

Roseanne bajó las escaleras casi tropezando, con los ojos fijos en los niños. Cuando vio a Félix, se cubrió la boca con la mano para ahogar un grito de rabia. —¿Qué es esto, Lysander? ¿Qué broma es esta? ¿Quiénes son estos engendros que has traído a mi casa?

—¡Cállate, Roseanne! —el rugido de Lysander hizo que las lámparas de cristal vibraran—. Estos "engendros" son mis hijos. Los herederos de Blood-Crag. Y si vuelves a insultarlos, te desterraré de esta manada antes de que termine la noche.

—¿Tus hijos? —Roseanne se rió con histeria, las lágrimas de furia asomando en sus ojos—. ¡Ella es una humana débil! ¡Esa basura no puede parir lobos! ¡Es un truco, Lysander! ¡Ella te está engañando con bastardos de algún rogue!

En un movimiento que nadie vio venir, entregué a Cyra a los brazos de un médico que acababa de llegar y me deslicé hacia Roseanne. Antes de que pudiera reaccionar, mi mano se cerró alrededor de su garganta, estrellándola contra la pared del vestíbulo.

Los guerreros de la guardia personal dieron un paso adelante, pero el aura de poder que emanó de mí los congeló en su sitio. No era el aura de una omega. Era el poder de la Loba Blanca, una presión ancestral que les obligaba a bajar la cabeza.

—Escúchame bien, Roseanne —siseé en su oído, mientras mis ojos se tornaban de un azul eléctrico—. Sé que enviaste a esos mercenarios. Sé que intentaste matar a mis hijos en el bosque. Si vuelves a abrir esa boca llena de veneno cerca de ellos, te arrancaré la lengua y se la daré de comer a los buitres. No soy la niña que dejaste en el suelo. Soy tu peor pesadilla.

Roseanne pataleaba, sus ojos desorbitados por el miedo. Por primera vez en su vida, sintió el verdadero poder. Lysander no se movió para ayudarla; se quedó allí, mirando con una mezcla de horror y una extraña y oscura admiración.

La solté y ella cayó al suelo, tosiendo y jadeando, mientras se agarraba el cuello.

—Llévense a Cyra —ordené al médico, que asintió con temor—. Félix, ve con ellos. No te separes de tu hermana.

—Pero mamá... —empezó Félix.

—Ve —dije con firmeza. Él asintió y siguió a los médicos, lanzándole una última mirada de odio a Roseanne.

Me giré hacia Lysander. Él estaba a pocos metros, respirando con dificultad. El vínculo de mate, ese que él había intentado matar, estaba vibrando entre nosotros como una cuerda de violín a punto de romperse.

—¿Dónde voy a dormir? —pregunté, como si acabara de limpiar el polvo en lugar de casi asfixiar a su esposa.

—En mis aposentos —dijo él, con una voz que no admitía discusión.

—¡Jamás! —gritó Roseanne desde el suelo—. ¡Esa es mi habitación! ¡Yo soy tu Luna!

Lysander ni siquiera la miró. Sus ojos estaban fijos en mí, devorándome. —Roseanne, vete a la habitación de invitados. O a las celdas, si prefieres seguir gritando. Mis hijos y su madre se quedarán en el ala del Alfa. Es mi última palabra.

Caminé hacia las escaleras, pasando al lado de Roseanne sin darle importancia, como si fuera una mancha de lodo en el zapato. Al llegar al primer peldaño, me detuve y miré a Lysander.

—Iré a esa habitación solo porque es la que está más cerca de la enfermería. Pero no te equivoques, Lysander. Que comparta tu techo no significa que comparta tu cama. El día que Cyra esté fuera de peligro, nos iremos de este lugar maldito.

—Eso es lo que tú crees, Evie —respondió él, caminando hacia mí con la determinación de un cazador que finalmente ha encontrado su tesoro—. Pero ahora que sé lo que eres... ahora que he visto a mis hijos... no hay fuerza en este mundo, ni siquiera tu odio, que me haga dejarte ir otra vez.

Subí las escaleras sintiendo su mirada quemándome la espalda. Sabía que la verdadera guerra no acababa de terminar; acababa de empezar. Roseanne no se quedaría de brazos cruzados, y Lysander... Lysander estaba convencido de que podía reclamar lo que una vez tiró a la basura.

Entré en la habitación del Alfa, la misma que una vez soñé con compartir como su igual. Cerré la puerta y me apoyé en ella, dejando que un suspiro de agotamiento escapara de mis labios. Silver, mi loba, aulló en mi mente, una mezcla de triunfo y advertencia.

—Solo unos días —me prometí a mí misma—. Solo hasta que Cyra sane.

Pero mientras miraba el gran balcón que daba a las tierras de Blood-Crag, supe que el destino de la Loba Blanca estaba unido a este suelo de forma más profunda de lo que quería admitir. Y que para proteger a Félix y Cyra, tendría que convertirme en el monstruo que esta manada tanto temía.

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