El sabor a ceniza y sal persistía en el aire mucho después de que los últimos ecos de la risa de Kassandra se desvanecieran en los acantilados. La base de la fosa del Arrecife Negro quedó sumida en un silencio de tumba, roto únicamente por el crujido del coral roto bajo mis botas mientras me arrastraba hacia el cuerpo de Lysander.
A mi alrededor, los guerreros de las escamas de azabache retrocedían, con las lanzas bajas pero los ojos llenos de una desconfianza renovada. El espejo de la verdad y