Al otro día, las chicas habían cumplido su promesa de organizar una despedida “improvisada”. Adrianna apareció en el departamento de Natalia con una botella de vino bajo el brazo, sin imaginar que encontraría globos, música suave, aperitivos y hasta una pequeña pizarra que decía: “Viaje de los casi enamorados”.
—¡Están locas! —exclamó entre risas, mientras Lucrecia la arrastraba adentro.
—Sí, y tú también por haberte enamorado de Paolo Marccetti.
—No estoy enamorada… —intentó negar Adrianna.
—¡