Esa noche, Lety no pudo dormir. El nombre de Enzo Minelly resonaba en su mente como una alarma imposible de apagar. Había guardado ese secreto durante muchos años, cumpliendo una promesa que le arrancó el alma. Pero ahora, ese pasado volvía a tocar la puerta... como un grito del destino.
En la madrugada, se levantó. Encendió una tenue lámpara, abrió el segundo cajón del escritorio y sacó una caja forrada en terciopelo azul. Dentro, un sobre amarillento con una carta escrita a mano por Annabell.