El consejo me espera con rostros que ya no reconozco. No porque hayan cambiado, sino porque yo ya no soy el mismo Alfa que solía rendirles cuentas. Ahora, cada palabra que escupo parece nacer de una garganta que no me pertenece.
—La manada exige respuestas, Alfa Kael —gruñe el más anciano de ellos, Drestan—. Esos niños alteran el equilibrio. Las señales son claras. El territorio tiembla. La luna gime.
Mis hijos, pienso, sin atreverme aún a decirlo en voz alta.
Sí, míos. Aunque cinco años de aus