Mundo ficciónIniciar sesiónEl disparo sonó a las 2:17 de la madrugada.
Me desperté antes de entender qué había pasado. No fue el ruido lo que me alertó. Fue el silencio después. Ese silencio antinatural que solo existe cuando algo acaba de romper el equilibrio. Me senté en la cama, el corazón acelerado. La mansión siempre estaba custodiada. Siempre vigilada. Nada ocurría sin que Nikolai lo supiera. Otro disparo. Más cerca. Esta vez no fue imaginación. Me levanté y caminé hacia la puerta justo cuando se abrió bruscamente. Uno de los hombres de seguridad apareció. —Quédate dentro —ordenó. —¿Qué pasa? —pregunté, aunque ya lo sabía. No respondió. Cerró la puerta otra vez. Pero yo no era del tipo que obedecía órdenes sin contexto. Abrí la puerta con cuidado y avancé por el pasillo. Las luces estaban encendidas. Voces tensas. Pasos rápidos. El aire olía a pólvora. Y entonces lo vi. Al final del corredor, Nikolai caminaba con calma… demasiada calma para alguien a quien acababan de intentar matar. Su camisa blanca estaba manchada de sangre. Mi respiración se detuvo. No parecía herido. La sangre no era suya. Dos hombres yacían en el suelo del ala oeste. Uno muerto. El otro apenas consciente, siendo arrastrado por seguridad. —Cierren todas las salidas —ordenó Nikolai con frialdad absoluta—. Nadie entra. Nadie sale. Su mirada recorrió el pasillo. Y se detuvo en mí. Por una fracción de segundo, algo cruzó su expresión. No ira. No sorpresa. Algo más peligroso. Preocupación. Caminó hacia mí con pasos medidos. —Te dije que no salieras de tu habitación. —Escuché disparos —respondí, manteniendo la voz firme—. Pensé que el imperio era más seguro que esto. Un músculo en su mandíbula se tensó. —Lo es. —Al parecer no para ti. El comentario fue imprudente. Pero necesitaba ver cómo reaccionaba. Sus ojos se endurecieron apenas. —Fue alguien interno. Ahí estaba. Confirmación. No era un enemigo externo. Era traición dentro de su propia casa. —¿Crees que fui yo? —pregunté directamente. El silencio se estiró entre nosotros. —No —respondió finalmente. Eso no era confianza. Era lógica. Yo no tenía acceso a armas. Ni aliados dentro. Pero alguien sí. Uno de los guardias se acercó. —Señor, el atacante trabajaba en seguridad hace ocho meses. No tenía antecedentes sospechosos. Nikolai no apartó la mirada de mí. —Todos tienen antecedentes sospechosos —dijo con voz baja. El guardia se retiró. El pasillo quedó casi vacío. —Alguien quiere tu lugar —dije. No fue pregunta. Fue análisis. Nikolai inclinó ligeramente la cabeza, evaluándome. —¿Y tú cómo sabes eso? —Porque así funcionan los imperios —respondí—. No se destruyen desde afuera. Se pudren desde dentro. Sus ojos brillaron. Interés otra vez. Se acercó un paso más. Demasiado cerca. —¿Tu padre te enseñó eso? —Mi padre me enseñó que la lealtad es una ilusión útil. Su mano se apoyó en la pared junto a mi cabeza, encerrándome sin tocarme. Dominio silencioso. —Si descubro que estás involucrada… —murmuró. —Si estuviera involucrada —lo interrumpí—, no fallarían el disparo. El aire se volvió más denso. Más caliente. Más peligroso. Por un segundo pensé que me apartaría. No lo hizo. Sus ojos descendieron a mis labios antes de volver a los míos. Error otra vez. Control quebrándose. —Vuelve a tu habitación, Isabella. —¿Por miedo a que me disparen? —Por miedo a que empiece a verte como algo que no debería. Eso no estaba en el guion. Mi pulso traicionó mi calma. Pero no retrocedí. —¿Y qué sería eso? Su expresión se volvió ilegible. —Una distracción. Se apartó de golpe. —Doblen la seguridad en esta ala —ordenó a los hombres que se acercaban—. Y encuentren quién está financiando esto. Cuando comenzó a alejarse, lo llamé. —Nikolai. Se detuvo. No volteó. —Si alguien intentó matarte esta noche… no será la última vez. —Lo sé. Su respuesta fue fría. Segura. Pero esta vez entendí algo importante. El hombre que me había secuestrado no era invencible. Y alguien dentro de su imperio estaba dispuesto a verlo caer. La guerra no era entre mi padre y él. Era más grande. Y yo estaba justo en el centro. La pregunta ya no era si sobreviviría. La pregunta era de qué lado estaría cuando el imperio empezara a arder.






