Mundo ficciónIniciar sesiónEl desayuno llegó a mi habitación como si fuera una invitada de honor.
Bandeja de plata. Café recién hecho. Frutas perfectamente cortadas. La ironía casi me hizo sonreír. Una reina en cautiverio. No había vuelto a ver a Nikolai desde el intento de asesinato. La mansión estaba más silenciosa de lo normal. Más guardias. Más tensión. Golpearon la puerta. No esperaron respuesta. Entró él. Sin chaqueta esta vez. Solo camisa negra, mangas arremangadas hasta los antebrazos. El detalle no era casual. Nada en él lo era. —Intentaron matarme y tú duermes como si nada —dijo. —Si quisieran matarme, ya lo habrían hecho. Se acercó a la mesa, observando la bandeja intacta. —No has comido. —No tengo hambre cuando me vigilan. Levantó la mirada hacia las cámaras en la esquina. Un segundo después, sacó su teléfono y escribió algo. Las luces rojas de las cámaras se apagaron. Mi pulso se alteró. —Cinco minutos —dijo—. Nadie nos escucha. Eso era nuevo. Eso era peligroso. —¿A qué debo el privilegio? —pregunté. Se apoyó contra la pared, cruzando los brazos. —Alguien dentro de mi organización filtró información sobre mis movimientos de anoche. —¿Y crees que fui yo? —Creo que eres más inteligente de lo que aparentas. —Eso no responde la pregunta. Caminó hacia mí lentamente. Cada paso medido. —No creo que intentaras matarme —dijo con voz baja—. Pero sí creo que sabes más de lo que dices. Su cercanía era calculada. Intimidante. Pero no retrocedí. —¿Te preocupa que tenga poder aquí dentro? Una sombra cruzó su expresión. —Me preocupa que empiece a gustarme que lo tengas. El aire cambió. Eso no estaba en el guion. —Eso sería un error —respondí. —Cometo pocos errores. Su mano se apoyó en la mesa, a centímetros de mi cintura. No me tocó. Pero la distancia era mínima. —Tu padre no actuó solo —continuó—. Y cuando lo encuentre, no será lo único que pierda. —¿Es una amenaza? —Es una promesa. Lo miré directamente. —Si lo matas, los archivos saldrán a la luz. Silencio absoluto. Sus ojos se oscurecieron. —Así que existen. Demasiado tarde entendí el movimiento. Había confirmado lo que solo sospechaba. Maldita sea. —Nunca dije eso. —No tuviste que hacerlo. Su mano subió lentamente hasta mi barbilla, obligándome a sostener su mirada. No fue brusco. Fue firme. Dominante. —Escúchame bien, Isabella —murmuró—. Si esos archivos ven la luz, no solo cae mi imperio. Cae media ciudad. —Tal vez la ciudad necesita caer. Sus dedos se tensaron apenas. —Eres más peligrosa de lo que imaginé. —Y tú más vulnerable. Eso lo hizo reaccionar. En un movimiento rápido, me empujó suavemente contra la mesa. No doloroso. Pero contundente. Su cuerpo quedó frente al mío. Cercano. Caliente. Amenazante. —No confundas mi interés con debilidad —susurró. Mi respiración se volvió más lenta. Más pesada. —Entonces deja de mirarme como si estuvieras olvidando que soy tu rehén. Silencio. Su mandíbula se tensó. Sus ojos descendieron a mis labios otra vez. Error. El mismo error. Por un segundo pensé que me besaría. No lo hizo. Se apartó con brusquedad, como si luchar contra sí mismo fuera más difícil que enfrentar a sus enemigos. Las cámaras volvieron a encenderse. El momento se rompió. —No saldrás de esta habitación hoy —ordenó con frialdad recuperada. —¿Castigo? —Precaución. Caminó hacia la puerta. —Nikolai. Se detuvo. —Si quieres ganar esta guerra —dije—, vas a tener que decidir si soy tu enemiga… o tu aliada. No respondió. Pero su silencio fue más revelador que cualquier palabra. Cuando la puerta se cerró, supe algo con certeza. Ya no era solo una garantía. Me estaba convirtiendo en un riesgo emocional. Y en un mundo como el suyo… Eso era mucho más peligroso que cualquier archivo robado.






