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El Error que nos delató # 5

La traición no siempre llega con disparos.

A veces llega con una sonrisa.

Era tarde cuando tocaron mi puerta. No fue el golpe firme de seguridad. Fue más suave. Casi respetuoso.

Demasiado respetuoso.

—Señorita Navarro —dijo una voz al otro lado—. El señor Orlov ordenó trasladarla a otra habitación por seguridad.

Mentira.

Nikolai no enviaría a nadie sin avisarme primero.

Pero fingí dudar.

Abrí la puerta lo suficiente para ver al hombre. Lo reconocí. Lo había visto patrullando el ala oeste. Siempre serio. Siempre silencioso.

—¿Ahora? —pregunté.

—Es urgente.

Sus ojos no sostenían los míos.

Error.

Tomé una decisión en menos de tres segundos.

Si alguien estaba moviendo piezas, necesitaba saber quién.

Salí al pasillo.

Caminamos en silencio. Pero no hacia el ala principal.

Nos dirigíamos hacia una sección menos iluminada de la mansión. El ala antigua. Donde casi no había cámaras.

Otro error.

Antes de que pudiera reaccionar, el hombre intentó sujetarme del brazo.

No gritó.

No forcejeó demasiado.

Fue limpio.

Preciso.

Pero no contó con que yo había aprendido a anticipar movimientos.

Giré el cuerpo, clavé el tacón en su empeine y me solté lo suficiente para retroceder.

El sonido de un disparo rompió el silencio.

No fue mío.

No fue suyo.

Fue de alguien más.

El hombre cayó al suelo con una herida en el hombro.

Y detrás de él apareció Nikolai.

Arma en mano. Rostro de hielo.

—Te dije que no salieras sin escolta —dijo sin mirarme.

Yo apenas podía respirar.

—Me dijeron que tú…

—Yo no ordené nada.

Dos guardias aparecieron segundos después y levantaron al traidor.

Nikolai se acercó a mí lentamente.

Demasiado cerca.

—¿Te hizo daño?

Negué con la cabeza.

Su mandíbula se tensó.

No estaba furioso conmigo.

Estaba furioso por perder control.

Me tomó del mentón con dos dedos, inspeccionando mi rostro como si buscara una grieta.

Y entonces pasó.

No fue planeado.

No fue suave.

Fue un choque.

Sus labios contra los míos en un impulso brusco, eléctrico, cargado de tensión acumulada.

No fue un beso romántico.

Fue una descarga.

Un error.

Duró apenas segundos.

Pero cuando se separó, el aire había cambiado.

—Eso no debió pasar —murmuró.

Pero no sonaba arrepentido.

La puerta se cerró detrás de él cuando me dejó en mi habitación.

Me quedé quieta.

Demasiado quieta.

El beso todavía quemaba en mis labios. No había sido dulce.

Había sido una advertencia.

Y una rendición momentánea.

Caminé hasta el espejo del baño y me observé. Mis mejillas estaban ligeramente sonrojadas. Mis ojos más brillantes. Más vivos.

Eso era peligroso.

Porque no debería sentir nada por el hombre que me tenía cautiva.

Un golpe seco en la puerta interrumpió mis pensamientos.

No esperaron respuesta.

Nikolai volvió a entrar.

Esta vez su expresión era distinta.

Control absoluto.

Pero debajo… algo estaba tensándose.

—Vístete —ordenó.

—Ya estoy vestida.

—Vas a venir conmigo.

No pregunté por qué.

Lo seguí por el pasillo escoltada por dos hombres. Bajamos al ala oeste, donde la noche anterior habían intentado matarlo.

El ambiente era más frío allí.

Más hostil.

En una oficina privada, un hombre estaba arrodillado, esposado, con el rostro golpeado.

Uno de los guardias habló:

—Intentó borrar registros del servidor interno hace una hora.

Mi pulso se aceleró.

—¿Qué registros? —pregunté antes de poder detenerme.

Nikolai me miró de lado.

Error.

Demasiado interés.

—Los que intentaron acceder con el código vinculado a tu padre —respondió él.

El hombre arrodillado levantó la vista. Sus ojos pasaron de Nikolai… a mí.

Y algo en su expresión cambió.

Reconocimiento.

Mi estómago se tensó.

No lo conocía.

Pero él parecía conocerme.

—Yo no hice nada —murmuró el hombre.

Nikolai se agachó frente a él con calma aterradora.

—Te dieron acceso hace ocho meses. Confianza. Seguridad. Y decidiste traicionarme.

—No fue traición —balbuceó—. Fue advertencia.

Silencio.

—¿Advertencia de quién? —preguntó Nikolai.

El hombre dudó.

Y volvió a mirarme.

Nikolai lo notó.

—Salgan —ordenó a los guardias.

La habitación quedó en silencio.

—Habla.

—El padre de ella… no robó para vender.

Mi respiración se detuvo.

—Robó porque sabía lo que ustedes estaban planeando.

El aire se volvió denso.

—¿Y qué estaba planeando?

—Una alianza.

—¿Con quién?

—Con alguien más grande que ustedes.

Silencio absoluto.

—El archivo completo no está en sus manos —añadió el hombre—. Está en las de ella.

La habitación se congeló.

Nikolai me miró.

Directamente.

—¿Es cierto?

No negué.

—Depende de lo que entiendas por completo.

El hombre soltó una risa nerviosa.

Error.

Nikolai asintió una vez hacia la puerta.

—Llévenlo.

Cuando quedamos solos, el silencio fue más pesado que cualquier amenaza.

—Sabías —dijo finalmente.

—Sabía que mi padre no era suicida.

—Me mentiste.

—Me protegí.

Se acercó lentamente.

—¿Tienes idea de lo que significa esto?

—Sí.

—No lo entiendes. Si existe una alianza externa… esto ya no es una traición aislada. Es guerra.

Guerra.

—Entonces tal vez deberías escucharme en vez de encerrarme.

Me sostuvo la mirada durante segundos que parecieron eternos.

—A partir de ahora, no eres mi rehén.

Parpadeé.

—Eres mi responsabilidad.

Eso era peor.

—Si esto escala, van a venir por ti primero.

—Ya lo hicieron.

Su mirada bajó apenas a mis labios.

—Lo que pasó antes fue un error.

—Claro.

Se acercó hasta quedar frente a mí.

—No volverá a repetirse.

—Eso dependerá de quién pierda el control primero.

Silencio.

Tenso.

Eléctrico.

Ya no era solo información.

Era poder.

Era deseo contenido.

Y una guerra creciendo más rápido de lo que ambos habíamos previsto.

El beso había sido un error.

Pero no el más grande.

El verdadero error…

Fue que ahora los dos sabíamos que yo tenía algo que él necesitaba.

Y en este imperio de sangre…

Eso podía costarnos todo.

La traición no siempre llega con disparos.

A veces llega con una sonrisa.

Era tarde cuando tocaron mi puerta. No fue el golpe firme de seguridad. Fue más suave. Casi respetuoso.

Demasiado respetuoso.

—Señorita Navarro —dijo una voz al otro lado—. El señor Orlov ordenó trasladarla a otra habitación por seguridad.

Mentira.

Nikolai no enviaría a nadie sin avisarme primero.

Pero fingí dudar.

Abrí la puerta lo suficiente para ver al hombre. Lo reconocí. Lo había visto patrullando el ala oeste. Siempre serio. Siempre silencioso.

—¿Ahora? —pregunté.

—Es urgente.

Sus ojos no sostenían los míos.

Error.

Tomé una decisión en menos de tres segundos.

Si alguien estaba moviendo piezas, necesitaba saber quién.

Salí al pasillo.

Caminamos en silencio. Pero no hacia el ala principal.

Nos dirigíamos hacia una sección menos iluminada de la mansión. El ala antigua. Donde casi no había cámaras.

Otro error.

Antes de que pudiera reaccionar, el hombre intentó sujetarme del brazo.

No gritó.

No forcejeó demasiado.

Fue limpio.

Preciso.

Pero no contó con que yo había aprendido a anticipar movimientos.

Giré el cuerpo, clavé el tacón en su empeine y me solté lo suficiente para retroceder.

El sonido de un disparo rompió el silencio.

No fue mío.

No fue suyo.

Fue de alguien más.

El hombre cayó al suelo con una herida en el hombro.

Y detrás de él apareció Nikolai.

Arma en mano. Rostro de hielo.

—Te dije que no salieras sin escolta —dijo sin mirarme.

Yo apenas podía respirar.

—Me dijeron que tú…

—Yo no ordené nada.

Dos guardias aparecieron segundos después y levantaron al traidor.

Nikolai se acercó a mí lentamente.

Demasiado cerca.

—¿Te hizo daño?

Negué con la cabeza.

Su mandíbula se tensó.

No estaba furioso conmigo.

Estaba furioso por perder control.

Me tomó del mentón con dos dedos, inspeccionando mi rostro como si buscara una grieta.

Y entonces pasó.

No fue planeado.

No fue suave.

Fue un choque.

Sus labios contra los míos en un impulso brusco, eléctrico, cargado de tensión acumulada.

No fue un beso romántico.

Fue una descarga.

Un error.

Duró apenas segundos.

Pero cuando se separó, el aire había cambiado.

—Eso no debió pasar —murmuró.

Pero no sonaba arrepentido.

La puerta se cerró detrás de él cuando me dejó en mi habitación.

Me quedé quieta.

Demasiado quieta.

El beso todavía quemaba en mis labios. No había sido dulce.

Había sido una advertencia.

Y una rendición momentánea.

Caminé hasta el espejo del baño y me observé. Mis mejillas estaban ligeramente sonrojadas. Mis ojos más brillantes. Más vivos.

Eso era peligroso.

Porque no debería sentir nada por el hombre que me tenía cautiva.

Un golpe seco en la puerta interrumpió mis pensamientos.

No esperaron respuesta.

Nikolai volvió a entrar.

Esta vez su expresión era distinta.

Control absoluto.

Pero debajo… algo estaba tensándose.

—Vístete —ordenó.

—Ya estoy vestida.

—Vas a venir conmigo.

No pregunté por qué.

Lo seguí por el pasillo escoltada por dos hombres. Bajamos al ala oeste, donde la noche anterior habían intentado matarlo.

El ambiente era más frío allí.

Más hostil.

En una oficina privada, un hombre estaba arrodillado, esposado, con el rostro golpeado.

Uno de los guardias habló:

—Intentó borrar registros del servidor interno hace una hora.

Mi pulso se aceleró.

—¿Qué registros? —pregunté antes de poder detenerme.

Nikolai me miró de lado.

Error.

Demasiado interés.

—Los que intentaron acceder con el código vinculado a tu padre —respondió él.

El hombre arrodillado levantó la vista. Sus ojos pasaron de Nikolai… a mí.

Y algo en su expresión cambió.

Reconocimiento.

Mi estómago se tensó.

No lo conocía.

Pero él parecía conocerme.

—Yo no hice nada —murmuró el hombre.

Nikolai se agachó frente a él con calma aterradora.

—Te dieron acceso hace ocho meses. Confianza. Seguridad. Y decidiste traicionarme.

—No fue traición —balbuceó—. Fue advertencia.

Silencio.

—¿Advertencia de quién? —preguntó Nikolai.

El hombre dudó.

Y volvió a mirarme.

Nikolai lo notó.

—Salgan —ordenó a los guardias.

La habitación quedó en silencio.

—Habla.

—El padre de ella… no robó para vender.

Mi respiración se detuvo.

—Robó porque sabía lo que ustedes estaban planeando.

El aire se volvió denso.

—¿Y qué estaba planeando?

—Una alianza.

—¿Con quién?

—Con alguien más grande que ustedes.

Silencio absoluto.

—El archivo completo no está en sus manos —añadió el hombre—. Está en las de ella.

La habitación se congeló.

Nikolai me miró.

Directamente.

—¿Es cierto?

No negué.

—Depende de lo que entiendas por completo.

El hombre soltó una risa nerviosa.

Error.

Nikolai asintió una vez hacia la puerta.

—Llévenlo.

Cuando quedamos solos, el silencio fue más pesado que cualquier amenaza.

—Sabías —dijo finalmente.

—Sabía que mi padre no era suicida.

—Me mentiste.

—Me protegí.

Se acercó lentamente.

—¿Tienes idea de lo que significa esto?

—Sí.

—No lo entiendes. Si existe una alianza externa… esto ya no es una traición aislada. Es guerra.

Guerra.

—Entonces tal vez deberías escucharme en vez de encerrarme.

Me sostuvo la mirada durante segundos que parecieron eternos.

—A partir de ahora, no eres mi rehén.

Parpadeé.

—Eres mi responsabilidad.

Eso era peor.

—Si esto escala, van a venir por ti primero.

—Ya lo hicieron.

Su mirada bajó apenas a mis labios.

—Lo que pasó antes fue un error.

—Claro.

Se acercó hasta quedar frente a mí.

—No volverá a repetirse.

—Eso dependerá de quién pierda el control primero.

Silencio.

Tenso.

Eléctrico.

Ya no era solo información.

Era poder.

Era deseo contenido.

Y una guerra creciendo más rápido de lo que ambos habíamos previsto.

El beso había sido un error.

Pero no el más grande.

El verdadero error…

Fue que ahora los dos sabíamos que yo tenía algo que él necesitaba.

Y en este imperio de sangre…

Eso podía costarnos todo.

La traición no siempre llega con disparos.

A veces llega con una sonrisa.

Era tarde cuando tocaron mi puerta. No fue el golpe firme de seguridad. Fue más suave. Casi respetuoso.

Demasiado respetuoso.

—Señorita Navarro —dijo una voz al otro lado—. El señor Orlov ordenó trasladarla a otra habitación por seguridad.

Mentira.

Nikolai no enviaría a nadie sin avisarme primero.

Pero fingí dudar.

Abrí la puerta lo suficiente para ver al hombre. Lo reconocí. Lo había visto patrullando el ala oeste. Siempre serio. Siempre silencioso.

—¿Ahora? —pregunté.

—Es urgente.

Sus ojos no sostenían los míos.

Error.

Tomé una decisión en menos de tres segundos.

Si alguien estaba moviendo piezas, necesitaba saber quién.

Salí al pasillo.

Caminamos en silencio. Pero no hacia el ala principal.

Nos dirigíamos hacia una sección menos iluminada de la mansión. El ala antigua. Donde casi no había cámaras.

Otro error.

Antes de que pudiera reaccionar, el hombre intentó sujetarme del brazo.

No gritó.

No forcejeó demasiado.

Fue limpio.

Preciso.

Pero no contó con que yo había aprendido a anticipar movimientos.

Giré el cuerpo, clavé el tacón en su empeine y me solté lo suficiente para retroceder.

El sonido de un disparo rompió el silencio.

No fue mío.

No fue suyo.

Fue de alguien más.

El hombre cayó al suelo con una herida en el hombro.

Y detrás de él apareció Nikolai.

Arma en mano. Rostro de hielo.

—Te dije que no salieras sin escolta —dijo sin mirarme.

Yo apenas podía respirar.

—Me dijeron que tú…

—Yo no ordené nada.

Dos guardias aparecieron segundos después y levantaron al traidor.

Nikolai se acercó a mí lentamente.

Demasiado cerca.

—¿Te hizo daño?

Negué con la cabeza.

Su mandíbula se tensó.

No estaba furioso conmigo.

Estaba furioso por perder control.

Me tomó del mentón con dos dedos, inspeccionando mi rostro como si buscara una grieta.

Y entonces pasó.

No fue planeado.

No fue suave.

Fue un choque.

Sus labios contra los míos en un impulso brusco, eléctrico, cargado de tensión acumulada.

No fue un beso romántico.

Fue una descarga.

Un error.

Duró apenas segundos.

Pero cuando se separó, el aire había cambiado.

—Eso no debió pasar —murmuró.

Pero no sonaba arrepentido.

La puerta se cerró detrás de él cuando me dejó en mi habitación.

Me quedé quieta.

Demasiado quieta.

El beso todavía quemaba en mis labios. No había sido dulce.

Había sido una advertencia.

Y una rendición momentánea.

Caminé hasta el espejo del baño y me observé. Mis mejillas estaban ligeramente sonrojadas. Mis ojos más brillantes. Más vivos.

Eso era peligroso.

Porque no debería sentir nada por el hombre que me tenía cautiva.

Un golpe seco en la puerta interrumpió mis pensamientos.

No esperaron respuesta.

Nikolai volvió a entrar.

Esta vez su expresión era distinta.

Control absoluto.

Pero debajo… algo estaba tensándose.

—Vístete —ordenó.

—Ya estoy vestida.

—Vas a venir conmigo.

No pregunté por qué.

Lo seguí por el pasillo escoltada por dos hombres. Bajamos al ala oeste, donde la noche anterior habían intentado matarlo.

El ambiente era más frío allí.

Más hostil.

En una oficina privada, un hombre estaba arrodillado, esposado, con el rostro golpeado.

Uno de los guardias habló:

—Intentó borrar registros del servidor interno hace una hora.

Mi pulso se aceleró.

—¿Qué registros? —pregunté antes de poder detenerme.

Nikolai me miró de lado.

Error.

Demasiado interés.

—Los que intentaron acceder con el código vinculado a tu padre —respondió él.

El hombre arrodillado levantó la vista. Sus ojos pasaron de Nikolai… a mí.

Y algo en su expresión cambió.

Reconocimiento.

Mi estómago se tensó.

No lo conocía.

Pero él parecía conocerme.

—Yo no hice nada —murmuró el hombre.

Nikolai se agachó frente a él con calma aterradora.

—Te dieron acceso hace ocho meses. Confianza. Seguridad. Y decidiste traicionarme.

—No fue traición —balbuceó—. Fue advertencia.

Silencio.

—¿Advertencia de quién? —preguntó Nikolai.

El hombre dudó.

Y volvió a mirarme.

Nikolai lo notó.

—Salgan —ordenó a los guardias.

La habitación quedó en silencio.

—Habla.

—El padre de ella… no robó para vender.

Mi respiración se detuvo.

—Robó porque sabía lo que ustedes estaban planeando.

El aire se volvió denso.

—¿Y qué estaba planeando?

—Una alianza.

—¿Con quién?

—Con alguien más grande que ustedes.

Silencio absoluto.

—El archivo completo no está en sus manos —añadió el hombre—. Está en las de ella.

La habitación se congeló.

Nikolai me miró.

Directamente.

—¿Es cierto?

No negué.

—Depende de lo que entiendas por completo.

El hombre soltó una risa nerviosa.

Error.

Nikolai asintió una vez hacia la puerta.

—Llévenlo.

Cuando quedamos solos, el silencio fue más pesado que cualquier amenaza.

—Sabías —dijo finalmente.

—Sabía que mi padre no era suicida.

—Me mentiste.

—Me protegí.

Se acercó lentamente.

—¿Tienes idea de lo que significa esto?

—Sí.

—No lo entiendes. Si existe una alianza externa… esto ya no es una traición aislada. Es guerra.

Guerra.

—Entonces tal vez deberías escucharme en vez de encerrarme.

Me sostuvo la mirada durante segundos que parecieron eternos.

—A partir de ahora, no eres mi rehén.

Parpadeé.

—Eres mi responsabilidad.

Eso era peor.

—Si esto escala, van a venir por ti primero.

—Ya lo hicieron.

Su mirada bajó apenas a mis labios.

—Lo que pasó antes fue un error.

—Claro.

Se acercó hasta quedar frente a mí.

—No volverá a repetirse.

—Eso dependerá de quién pierda el control primero.

Silencio.

Tenso.

Eléctrico.

Ya no era solo información.

Era poder.

Era deseo contenido.

Y una guerra creciendo más rápido de lo que ambos habíamos previsto.

El beso había sido un error.

Pero no el más grande.

El verdadero error…

Fue que ahora los dos sabíamos que yo tenía algo que él necesitaba.

Y en este imperio de sangre…

Eso podía costarnos todo.

La traición no siempre llega con disparos.

A veces llega con una sonrisa.

Era tarde cuando tocaron mi puerta. No fue el golpe firme de seguridad. Fue más suave. Casi respetuoso.

Demasiado respetuoso.

—Señorita Navarro —dijo una voz al otro lado—. El señor Orlov ordenó trasladarla a otra habitación por seguridad.

Mentira.

Nikolai no enviaría a nadie sin avisarme primero.

Pero fingí dudar.

Abrí la puerta lo suficiente para ver al hombre. Lo reconocí. Lo había visto patrullando el ala oeste. Siempre serio. Siempre silencioso.

—¿Ahora? —pregunté.

—Es urgente.

Sus ojos no sostenían los míos.

Error.

Tomé una decisión en menos de tres segundos.

Si alguien estaba moviendo piezas, necesitaba saber quién.

Salí al pasillo.

Caminamos en silencio. Pero no hacia el ala principal.

Nos dirigíamos hacia una sección menos iluminada de la mansión. El ala antigua. Donde casi no había cámaras.

Otro error.

Antes de que pudiera reaccionar, el hombre intentó sujetarme del brazo.

No gritó.

No forcejeó demasiado.

Fue limpio.

Preciso.

Pero no contó con que yo había aprendido a anticipar movimientos.

Giré el cuerpo, clavé el tacón en su empeine y me solté lo suficiente para retroceder.

El sonido de un disparo rompió el silencio.

No fue mío.

No fue suyo.

Fue de alguien más.

El hombre cayó al suelo con una herida en el hombro.

Y detrás de él apareció Nikolai.

Arma en mano. Rostro de hielo.

—Te dije que no salieras sin escolta —dijo sin mirarme.

Yo apenas podía respirar.

—Me dijeron que tú…

—Yo no ordené nada.

Dos guardias aparecieron segundos después y levantaron al traidor.

Nikolai se acercó a mí lentamente.

Demasiado cerca.

—¿Te hizo daño?

Negué con la cabeza.

Su mandíbula se tensó.

No estaba furioso conmigo.

Estaba furioso por perder control.

Me tomó del mentón con dos dedos, inspeccionando mi rostro como si buscara una grieta.

Y entonces pasó.

No fue planeado.

No fue suave.

Fue un choque.

Sus labios contra los míos en un impulso brusco, eléctrico, cargado de tensión acumulada.

No fue un beso romántico.

Fue una descarga.

Un error.

Duró apenas segundos.

Pero cuando se separó, el aire había cambiado.

—Eso no debió pasar —murmuró.

Pero no sonaba arrepentido.

La puerta se cerró detrás de él cuando me dejó en mi habitación.

Me quedé quieta.

Demasiado quieta.

El beso todavía quemaba en mis labios. No había sido dulce.

Había sido una advertencia.

Y una rendición momentánea.

Caminé hasta el espejo del baño y me observé. Mis mejillas estaban ligeramente sonrojadas. Mis ojos más brillantes. Más vivos.

Eso era peligroso.

Porque no debería sentir nada por el hombre que me tenía cautiva.

Un golpe seco en la puerta interrumpió mis pensamientos.

No esperaron respuesta.

Nikolai volvió a entrar.

Esta vez su expresión era distinta.

Control absoluto.

Pero debajo… algo estaba tensándose.

—Vístete —ordenó.

—Ya estoy vestida.

—Vas a venir conmigo.

No pregunté por qué.

Lo seguí por el pasillo escoltada por dos hombres. Bajamos al ala oeste, donde la noche anterior habían intentado matarlo.

El ambiente era más frío allí.

Más hostil.

En una oficina privada, un hombre estaba arrodillado, esposado, con el rostro golpeado.

Uno de los guardias habló:

—Intentó borrar registros del servidor interno hace una hora.

Mi pulso se aceleró.

—¿Qué registros? —pregunté antes de poder detenerme.

Nikolai me miró de lado.

Error.

Demasiado interés.

—Los que intentaron acceder con el código vinculado a tu padre —respondió él.

El hombre arrodillado levantó la vista. Sus ojos pasaron de Nikolai… a mí.

Y algo en su expresión cambió.

Reconocimiento.

Mi estómago se tensó.

No lo conocía.

Pero él parecía conocerme.

—Yo no hice nada —murmuró el hombre.

Nikolai se agachó frente a él con calma aterradora.

—Te dieron acceso hace ocho meses. Confianza. Seguridad. Y decidiste traicionarme.

—No fue traición —balbuceó—. Fue advertencia.

Silencio.

—¿Advertencia de quién? —preguntó Nikolai.

El hombre dudó.

Y volvió a mirarme.

Nikolai lo notó.

—Salgan —ordenó a los guardias.

La habitación quedó en silencio.

—Habla.

—El padre de ella… no robó para vender.

Mi respiración se detuvo.

—Robó porque sabía lo que ustedes estaban planeando.

El aire se volvió denso.

—¿Y qué estaba planeando?

—Una alianza.

—¿Con quién?

—Con alguien más grande que ustedes.

Silencio absoluto.

—El archivo completo no está en sus manos —añadió el hombre—. Está en las de ella.

La habitación se congeló.

Nikolai me miró.

Directamente.

—¿Es cierto?

No negué.

—Depende de lo que entiendas por completo.

El hombre soltó una risa nerviosa.

Error.

Nikolai asintió una vez hacia la puerta.

—Llévenlo.

Cuando quedamos solos, el silencio fue más pesado que cualquier amenaza.

—Sabías —dijo finalmente.

—Sabía que mi padre no era suicida.

—Me mentiste.

—Me protegí.

Se acercó lentamente.

—¿Tienes idea de lo que significa esto?

—Sí.

—No lo entiendes. Si existe una alianza externa… esto ya no es una traición aislada. Es guerra.

Guerra.

—Entonces tal vez deberías escucharme en vez de encerrarme.

Me sostuvo la mirada durante segundos que parecieron eternos.

—A partir de ahora, no eres mi rehén.

Parpadeé.

—Eres mi responsabilidad.

Eso era peor.

—Si esto escala, van a venir por ti primero.

—Ya lo hicieron.

Su mirada bajó apenas a mis labios.

—Lo que pasó antes fue un error.

—Claro.

Se acercó hasta quedar frente a mí.

—No volverá a repetirse.

—Eso dependerá de quién pierda el control primero.

Silencio.

Tenso.

Eléctrico.

Ya no era solo información.

Era poder.

Era deseo contenido.

Y una guerra creciendo más rápido de lo que ambos habíamos previsto.

El beso había sido un error.

Pero no el más grande.

El verdadero error…

Fue que ahora los dos sabíamos que yo tenía algo que él necesitaba.

Y en este imperio de sangre…

Eso podía costarnos todo.

La traición no siempre llega con disparos.

A veces llega con una sonrisa.

Era tarde cuando tocaron mi puerta. No fue el golpe firme de seguridad. Fue más suave. Casi respetuoso.

Demasiado respetuoso.

—Señorita Navarro —dijo una voz al otro lado—. El señor Orlov ordenó trasladarla a otra habitación por seguridad.

Mentira.

Nikolai no enviaría a nadie sin avisarme primero.

Pero fingí dudar.

Abrí la puerta lo suficiente para ver al hombre. Lo reconocí. Lo había visto patrullando el ala oeste. Siempre serio. Siempre silencioso.

—¿Ahora? —pregunté.

—Es urgente.

Sus ojos no sostenían los míos.

Error.

Tomé una decisión en menos de tres segundos.

Si alguien estaba moviendo piezas, necesitaba saber quién.

Salí al pasillo.

Caminamos en silencio. Pero no hacia el ala principal.

Nos dirigíamos hacia una sección menos iluminada de la mansión. El ala antigua. Donde casi no había cámaras.

Otro error.

Antes de que pudiera reaccionar, el hombre intentó sujetarme del brazo.

No gritó.

No forcejeó demasiado.

Fue limpio.

Preciso.

Pero no contó con que yo había aprendido a anticipar movimientos.

Giré el cuerpo, clavé el tacón en su empeine y me solté lo suficiente para retroceder.

El sonido de un disparo rompió el silencio.

No fue mío.

No fue suyo.

Fue de alguien más.

El hombre cayó al suelo con una herida en el hombro.

Y detrás de él apareció Nikolai.

Arma en mano. Rostro de hielo.

—Te dije que no salieras sin escolta —dijo sin mirarme.

Yo apenas podía respirar.

—Me dijeron que tú…

—Yo no ordené nada.

Dos guardias aparecieron segundos después y levantaron al traidor.

Nikolai se acercó a mí lentamente.

Demasiado cerca.

—¿Te hizo daño?

Negué con la cabeza.

Su mandíbula se tensó.

No estaba furioso conmigo.

Estaba furioso por perder control.

Me tomó del mentón con dos dedos, inspeccionando mi rostro como si buscara una grieta.

Y entonces pasó.

No fue planeado.

No fue suave.

Fue un choque.

Sus labios contra los míos en un impulso brusco, eléctrico, cargado de tensión acumulada.

No fue un beso romántico.

Fue una descarga.

Un error.

Duró apenas segundos.

Pero cuando se separó, el aire había cambiado.

—Eso no debió pasar —murmuró.

Pero no sonaba arrepentido.

La puerta se cerró detrás de él cuando me dejó en mi habitación.

Me quedé quieta.

Demasiado quieta.

El beso todavía quemaba en mis labios. No había sido dulce.

Había sido una advertencia.

Y una rendición momentánea.

Caminé hasta el espejo del baño y me observé. Mis mejillas estaban ligeramente sonrojadas. Mis ojos más brillantes. Más vivos.

Eso era peligroso.

Porque no debería sentir nada por el hombre que me tenía cautiva.

Un golpe seco en la puerta interrumpió mis pensamientos.

No esperaron respuesta.

Nikolai volvió a entrar.

Esta vez su expresión era distinta.

Control absoluto.

Pero debajo… algo estaba tensándose.

—Vístete —ordenó.

—Ya estoy vestida.

—Vas a venir conmigo.

No pregunté por qué.

Lo seguí por el pasillo escoltada por dos hombres. Bajamos al ala oeste, donde la noche anterior habían intentado matarlo.

El ambiente era más frío allí.

Más hostil.

En una oficina privada, un hombre estaba arrodillado, esposado, con el rostro golpeado.

Uno de los guardias habló:

—Intentó borrar registros del servidor interno hace una hora.

Mi pulso se aceleró.

—¿Qué registros? —pregunté antes de poder detenerme.

Nikolai me miró de lado.

Error.

Demasiado interés.

—Los que intentaron acceder con el código vinculado a tu padre —respondió él.

El hombre arrodillado levantó la vista. Sus ojos pasaron de Nikolai… a mí.

Y algo en su expresión cambió.

Reconocimiento.

Mi estómago se tensó.

No lo conocía.

Pero él parecía conocerme.

—Yo no hice nada —murmuró el hombre.

Nikolai se agachó frente a él con calma aterradora.

—Te dieron acceso hace ocho meses. Confianza. Seguridad. Y decidiste traicionarme.

—No fue traición —balbuceó—. Fue advertencia.

Silencio.

—¿Advertencia de quién? —preguntó Nikolai.

El hombre dudó.

Y volvió a mirarme.

Nikolai lo notó.

—Salgan —ordenó a los guardias.

La habitación quedó en silencio.

—Habla.

—El padre de ella… no robó para vender.

Mi respiración se detuvo.

—Robó porque sabía lo que ustedes estaban planeando.

El aire se volvió denso.

—¿Y qué estaba planeando?

—Una alianza.

—¿Con quién?

—Con alguien más grande que ustedes.

Silencio absoluto.

—El archivo completo no está en sus manos —añadió el hombre—. Está en las de ella.

La habitación se congeló.

Nikolai me miró.

Directamente.

—¿Es cierto?

No negué.

—Depende de lo que entiendas por completo.

El hombre soltó una risa nerviosa.

Error.

Nikolai asintió una vez hacia la puerta.

—Llévenlo.

Cuando quedamos solos, el silencio fue más pesado que cualquier amenaza.

—Sabías —dijo finalmente.

—Sabía que mi padre no era suicida.

—Me mentiste.

—Me protegí.

Se acercó lentamente.

—¿Tienes idea de lo que significa esto?

—Sí.

—No lo entiendes. Si existe una alianza externa… esto ya no es una traición aislada. Es guerra.

Guerra.

—Entonces tal vez deberías escucharme en vez de encerrarme.

Me sostuvo la mirada durante segundos que parecieron eternos.

—A partir de ahora, no eres mi rehén.

Parpadeé.

—Eres mi responsabilidad.

Eso era peor.

—Si esto escala, van a venir por ti primero.

—Ya lo hicieron.

Su mirada bajó apenas a mis labios.

—Lo que pasó antes fue un error.

—Claro.

Se acercó hasta quedar frente a mí.

—No volverá a repetirse.

—Eso dependerá de quién pierda el control primero.

Silencio.

Tenso.

Eléctrico.

Ya no era solo información.

Era poder.

Era deseo contenido.

Y una guerra creciendo más rápido de lo que ambos habíamos previsto.

El beso había sido un error.

Pero no el más grande.

El verdadero error…

Fue que ahora los dos sabíamos que yo tenía algo que él necesitaba.

Y en este imperio de sangre…

Eso podía costarnos todo.

La traición no siempre llega con disparos.

A veces llega con una sonrisa.

Era tarde cuando tocaron mi puerta. No fue el golpe firme de seguridad. Fue más suave. Casi respetuoso.

Demasiado respetuoso.

—Señorita Navarro —dijo una voz al otro lado—. El señor Orlov ordenó trasladarla a otra habitación por seguridad.

Mentira.

Nikolai no enviaría a nadie sin avisarme primero.

Pero fingí dudar.

Abrí la puerta lo suficiente para ver al hombre. Lo reconocí. Lo había visto patrullando el ala oeste. Siempre serio. Siempre silencioso.

—¿Ahora? —pregunté.

—Es urgente.

Sus ojos no sostenían los míos.

Error.

Tomé una decisión en menos de tres segundos.

Si alguien estaba moviendo piezas, necesitaba saber quién.

Salí al pasillo.

Caminamos en silencio. Pero no hacia el ala principal.

Nos dirigíamos hacia una sección menos iluminada de la mansión. El ala antigua. Donde casi no había cámaras.

Otro error.

Antes de que pudiera reaccionar, el hombre intentó sujetarme del brazo.

No gritó.

No forcejeó demasiado.

Fue limpio.

Preciso.

Pero no contó con que yo había aprendido a anticipar movimientos.

Giré el cuerpo, clavé el tacón en su empeine y me solté lo suficiente para retroceder.

El sonido de un disparo rompió el silencio.

No fue mío.

No fue suyo.

Fue de alguien más.

El hombre cayó al suelo con una herida en el hombro.

Y detrás de él apareció Nikolai.

Arma en mano. Rostro de hielo.

—Te dije que no salieras sin escolta —dijo sin mirarme.

Yo apenas podía respirar.

—Me dijeron que tú…

—Yo no ordené nada.

Dos guardias aparecieron segundos después y levantaron al traidor.

Nikolai se acercó a mí lentamente.

Demasiado cerca.

—¿Te hizo daño?

Negué con la cabeza.

Su mandíbula se tensó.

No estaba furioso conmigo.

Estaba furioso por perder control.

Me tomó del mentón con dos dedos, inspeccionando mi rostro como si buscara una grieta.

Y entonces pasó.

No fue planeado.

No fue suave.

Fue un choque.

Sus labios contra los míos en un impulso brusco, eléctrico, cargado de tensión acumulada.

No fue un beso romántico.

Fue una descarga.

Un error.

Duró apenas segundos.

Pero cuando se separó, el aire había cambiado.

—Eso no debió pasar —murmuró.

Pero no sonaba arrepentido.

La puerta se cerró detrás de él cuando me dejó en mi habitación.

Me quedé quieta.

Demasiado quieta.

El beso todavía quemaba en mis labios. No había sido dulce.

Había sido una advertencia.

Y una rendición momentánea.

Caminé hasta el espejo del baño y me observé. Mis mejillas estaban ligeramente sonrojadas. Mis ojos más brillantes. Más vivos.

Eso era peligroso.

Porque no debería sentir nada por el hombre que me tenía cautiva.

Un golpe seco en la puerta interrumpió mis pensamientos.

No esperaron respuesta.

Nikolai volvió a entrar.

Esta vez su expresión era distinta.

Control absoluto.

Pero debajo… algo estaba tensándose.

—Vístete —ordenó.

—Ya estoy vestida.

—Vas a venir conmigo.

No pregunté por qué.

Lo seguí por el pasillo escoltada por dos hombres. Bajamos al ala oeste, donde la noche anterior habían intentado matarlo.

El ambiente era más frío allí.

Más hostil.

En una oficina privada, un hombre estaba arrodillado, esposado, con el rostro golpeado.

Uno de los guardias habló:

—Intentó borrar registros del servidor interno hace una hora.

Mi pulso se aceleró.

—¿Qué registros? —pregunté antes de poder detenerme.

Nikolai me miró de lado.

Error.

Demasiado interés.

—Los que intentaron acceder con el código vinculado a tu padre —respondió él.

El hombre arrodillado levantó la vista. Sus ojos pasaron de Nikolai… a mí.

Y algo en su expresión cambió.

Reconocimiento.

Mi estómago se tensó.

No lo conocía.

Pero él parecía conocerme.

—Yo no hice nada —murmuró el hombre.

Nikolai se agachó frente a él con calma aterradora.

—Te dieron acceso hace ocho meses. Confianza. Seguridad. Y decidiste traicionarme.

—No fue traición —balbuceó—. Fue advertencia.

Silencio.

—¿Advertencia de quién? —preguntó Nikolai.

El hombre dudó.

Y volvió a mirarme.

Nikolai lo notó.

—Salgan —ordenó a los guardias.

La habitación quedó en silencio.

—Habla.

—El padre de ella… no robó para vender.

Mi respiración se detuvo.

—Robó porque sabía lo que ustedes estaban planeando.

El aire se volvió denso.

—¿Y qué estaba planeando?

—Una alianza.

—¿Con quién?

—Con alguien más grande que ustedes.

Silencio absoluto.

—El archivo completo no está en sus manos —añadió el hombre—. Está en las de ella.

La habitación se congeló.

Nikolai me miró.

Directamente.

—¿Es cierto?

No negué.

—Depende de lo que entiendas por completo.

El hombre soltó una risa nerviosa.

Error.

Nikolai asintió una vez hacia la puerta.

—Llévenlo.

Cuando quedamos solos, el silencio fue más pesado que cualquier amenaza.

—Sabías —dijo finalmente.

—Sabía que mi padre no era suicida.

—Me mentiste.

—Me protegí.

Se acercó lentamente.

—¿Tienes idea de lo que significa esto?

—Sí.

—No lo entiendes. Si existe una alianza externa… esto ya no es una traición aislada. Es guerra.

Guerra.

—Entonces tal vez deberías escucharme en vez de encerrarme.

Me sostuvo la mirada durante segundos que parecieron eternos.

—A partir de ahora, no eres mi rehén.

Parpadeé.

—Eres mi responsabilidad.

Eso era peor.

—Si esto escala, van a venir por ti primero.

—Ya lo hicieron.

Su mirada bajó apenas a mis labios.

—Lo que pasó antes fue un error.

—Claro.

Se acercó hasta quedar frente a mí.

—No volverá a repetirse.

—Eso dependerá de quién pierda el control primero.

Silencio.

Tenso.

Eléctrico.

Ya no era solo información.

Era poder.

Era deseo contenido.

Y una guerra creciendo más rápido de lo que ambos habíamos previsto.

El beso había sido un error.

Pero no el más grande.

El verdadero error…

Fue que ahora los dos sabíamos que yo tenía algo que él necesitaba.

Y en este imperio de sangre…

Eso podía costarnos todo.

La traición no siempre llega con disparos.

A veces llega con una sonrisa.

Era tarde cuando tocaron mi puerta. No fue el golpe firme de seguridad. Fue más suave. Casi respetuoso.

Demasiado respetuoso.

—Señorita Navarro —dijo una voz al otro lado—. El señor Orlov ordenó trasladarla a otra habitación por seguridad.

Mentira.

Nikolai no enviaría a nadie sin avisarme primero.

Pero fingí dudar.

Abrí la puerta lo suficiente para ver al hombre. Lo reconocí. Lo había visto patrullando el ala oeste. Siempre serio. Siempre silencioso.

—¿Ahora? —pregunté.

—Es urgente.

Sus ojos no sostenían los míos.

Error.

Tomé una decisión en menos de tres segundos.

Si alguien estaba moviendo piezas, necesitaba saber quién.

Salí al pasillo.

Caminamos en silencio. Pero no hacia el ala principal.

Nos dirigíamos hacia una sección menos iluminada de la mansión. El ala antigua. Donde casi no había cámaras.

Otro error.

Antes de que pudiera reaccionar, el hombre intentó sujetarme del brazo.

No gritó.

No forcejeó demasiado.

Fue limpio.

Preciso.

Pero no contó con que yo había aprendido a anticipar movimientos.

Giré el cuerpo, clavé el tacón en su empeine y me solté lo suficiente para retroceder.

El sonido de un disparo rompió el silencio.

No fue mío.

No fue suyo.

Fue de alguien más.

El hombre cayó al suelo con una herida en el hombro.

Y detrás de él apareció Nikolai.

Arma en mano. Rostro de hielo.

—Te dije que no salieras sin escolta —dijo sin mirarme.

Yo apenas podía respirar.

—Me dijeron que tú…

—Yo no ordené nada.

Dos guardias aparecieron segundos después y levantaron al traidor.

Nikolai se acercó a mí lentamente.

Demasiado cerca.

—¿Te hizo daño?

Negué con la cabeza.

Su mandíbula se tensó.

No estaba furioso conmigo.

Estaba furioso por perder control.

Me tomó del mentón con dos dedos, inspeccionando mi rostro como si buscara una grieta.

Y entonces pasó.

No fue planeado.

No fue suave.

Fue un choque.

Sus labios contra los míos en un impulso brusco, eléctrico, cargado de tensión acumulada.

No fue un beso romántico.

Fue una descarga.

Un error.

Duró apenas segundos.

Pero cuando se separó, el aire había cambiado.

—Eso no debió pasar —murmuró.

Pero no sonaba arrepentido.

La puerta se cerró detrás de él cuando me dejó en mi habitación.

Me quedé quieta.

Demasiado quieta.

El beso todavía quemaba en mis labios. No había sido dulce.

Había sido una advertencia.

Y una rendición momentánea.

Caminé hasta el espejo del baño y me observé. Mis mejillas estaban ligeramente sonrojadas. Mis ojos más brillantes. Más vivos.

Eso era peligroso.

Porque no debería sentir nada por el hombre que me tenía cautiva.

Un golpe seco en la puerta interrumpió mis pensamientos.

No esperaron respuesta.

Nikolai volvió a entrar.

Esta vez su expresión era distinta.

Control absoluto.

Pero debajo… algo estaba tensándose.

—Vístete —ordenó.

—Ya estoy vestida.

—Vas a venir conmigo.

No pregunté por qué.

Lo seguí por el pasillo escoltada por dos hombres. Bajamos al ala oeste, donde la noche anterior habían intentado matarlo.

El ambiente era más frío allí.

Más hostil.

En una oficina privada, un hombre estaba arrodillado, esposado, con el rostro golpeado.

Uno de los guardias habló:

—Intentó borrar registros del servidor interno hace una hora.

Mi pulso se aceleró.

—¿Qué registros? —pregunté antes de poder detenerme.

Nikolai me miró de lado.

Error.

Demasiado interés.

—Los que intentaron acceder con el código vinculado a tu padre —respondió él.

El hombre arrodillado levantó la vista. Sus ojos pasaron de Nikolai… a mí.

Y algo en su expresión cambió.

Reconocimiento.

Mi estómago se tensó.

No lo conocía.

Pero él parecía conocerme.

—Yo no hice nada —murmuró el hombre.

Nikolai se agachó frente a él con calma aterradora.

—Te dieron acceso hace ocho meses. Confianza. Seguridad. Y decidiste traicionarme.

—No fue traición —balbuceó—. Fue advertencia.

Silencio.

—¿Advertencia de quién? —preguntó Nikolai.

El hombre dudó.

Y volvió a mirarme.

Nikolai lo notó.

—Salgan —ordenó a los guardias.

La habitación quedó en silencio.

—Habla.

—El padre de ella… no robó para vender.

Mi respiración se detuvo.

—Robó porque sabía lo que ustedes estaban planeando.

El aire se volvió denso.

—¿Y qué estaba planeando?

—Una alianza.

—¿Con quién?

—Con alguien más grande que ustedes.

Silencio absoluto.

—El archivo completo no está en sus manos —añadió el hombre—. Está en las de ella.

La habitación se congeló.

Nikolai me miró.

Directamente.

—¿Es cierto?

No negué.

—Depende de lo que entiendas por completo.

El hombre soltó una risa nerviosa.

Error.

Nikolai asintió una vez hacia la puerta.

—Llévenlo.

Cuando quedamos solos, el silencio fue más pesado que cualquier amenaza.

—Sabías —dijo finalmente.

—Sabía que mi padre no era suicida.

—Me mentiste.

—Me protegí.

Se acercó lentamente.

—¿Tienes idea de lo que significa esto?

—Sí.

—No lo entiendes. Si existe una alianza externa… esto ya no es una traición aislada. Es guerra.

Guerra.

—Entonces tal vez deberías escucharme en vez de encerrarme.

Me sostuvo la mirada durante segundos que parecieron eternos.

—A partir de ahora, no eres mi rehén.

Parpadeé.

—Eres mi responsabilidad.

Eso era peor.

—Si esto escala, van a venir por ti primero.

—Ya lo hicieron.

Su mirada bajó apenas a mis labios.

—Lo que pasó antes fue un error.

—Claro.

Se acercó hasta quedar frente a mí.

—No volverá a repetirse.

—Eso dependerá de quién pierda el control primero.

Silencio.

Tenso.

Eléctrico.

Ya no era solo información.

Era poder.

Era deseo contenido.

Y una guerra creciendo más rápido de lo que ambos habíamos previsto.

El beso había sido un error.

Pero no el más grande.

El verdadero error…

Fue que ahora los dos sabíamos que yo tenía algo que él necesitaba.

Y en este imperio de sangre…

Eso podía costarnos todo.

La traición no siempre llega con disparos.

A veces llega con una sonrisa.

Era tarde cuando tocaron mi puerta. No fue el golpe firme de seguridad. Fue más suave. Casi respetuoso.

Demasiado respetuoso.

—Señorita Navarro —dijo una voz al otro lado—. El señor Orlov ordenó trasladarla a otra habitación por seguridad.

Mentira.

Nikolai no enviaría a nadie sin avisarme primero.

Pero fingí dudar.

Abrí la puerta lo suficiente para ver al hombre. Lo reconocí. Lo había visto patrullando el ala oeste. Siempre serio. Siempre silencioso.

—¿Ahora? —pregunté.

—Es urgente.

Sus ojos no sostenían los míos.

Error.

Tomé una decisión en menos de tres segundos.

Si alguien estaba moviendo piezas, necesitaba saber quién.

Salí al pasillo.

Caminamos en silencio. Pero no hacia el ala principal.

Nos dirigíamos hacia una sección menos iluminada de la mansión. El ala antigua. Donde casi no había cámaras.

Otro error.

Antes de que pudiera reaccionar, el hombre intentó sujetarme del brazo.

No gritó.

No forcejeó demasiado.

Fue limpio.

Preciso.

Pero no contó con que yo había aprendido a anticipar movimientos.

Giré el cuerpo, clavé el tacón en su empeine y me solté lo suficiente para retroceder.

El sonido de un disparo rompió el silencio.

No fue mío.

No fue suyo.

Fue de alguien más.

El hombre cayó al suelo con una herida en el hombro.

Y detrás de él apareció Nikolai.

Arma en mano. Rostro de hielo.

—Te dije que no salieras sin escolta —dijo sin mirarme.

Yo apenas podía respirar.

—Me dijeron que tú…

—Yo no ordené nada.

Dos guardias aparecieron segundos después y levantaron al traidor.

Nikolai se acercó a mí lentamente.

Demasiado cerca.

—¿Te hizo daño?

Negué con la cabeza.

Su mandíbula se tensó.

No estaba furioso conmigo.

Estaba furioso por perder control.

Me tomó del mentón con dos dedos, inspeccionando mi rostro como si buscara una grieta.

Y entonces pasó.

No fue planeado.

No fue suave.

Fue un choque.

Sus labios contra los míos en un impulso brusco, eléctrico, cargado de tensión acumulada.

No fue un beso romántico.

Fue una descarga.

Un error.

Duró apenas segundos.

Pero cuando se separó, el aire había cambiado.

—Eso no debió pasar —murmuró.

Pero no sonaba arrepentido.

La puerta se cerró detrás de él cuando me dejó en mi habitación.

Me quedé quieta.

Demasiado quieta.

El beso todavía quemaba en mis labios. No había sido dulce.

Había sido una advertencia.

Y una rendición momentánea.

Caminé hasta el espejo del baño y me observé. Mis mejillas estaban ligeramente sonrojadas. Mis ojos más brillantes. Más vivos.

Eso era peligroso.

Porque no debería sentir nada por el hombre que me tenía cautiva.

Un golpe seco en la puerta interrumpió mis pensamientos.

No esperaron respuesta.

Nikolai volvió a entrar.

Esta vez su expresión era distinta.

Control absoluto.

Pero debajo… algo estaba tensándose.

—Vístete —ordenó.

—Ya estoy vestida.

—Vas a venir conmigo.

No pregunté por qué.

Lo seguí por el pasillo escoltada por dos hombres. Bajamos al ala oeste, donde la noche anterior habían intentado matarlo.

El ambiente era más frío allí.

Más hostil.

En una oficina privada, un hombre estaba arrodillado, esposado, con el rostro golpeado.

Uno de los guardias habló:

—Intentó borrar registros del servidor interno hace una hora.

Mi pulso se aceleró.

—¿Qué registros? —pregunté antes de poder detenerme.

Nikolai me miró de lado.

Error.

Demasiado interés.

—Los que intentaron acceder con el código vinculado a tu padre —respondió él.

El hombre arrodillado levantó la vista. Sus ojos pasaron de Nikolai… a mí.

Y algo en su expresión cambió.

Reconocimiento.

Mi estómago se tensó.

No lo conocía.

Pero él parecía conocerme.

—Yo no hice nada —murmuró el hombre.

Nikolai se agachó frente a él con calma aterradora.

—Te dieron acceso hace ocho meses. Confianza. Seguridad. Y decidiste traicionarme.

—No fue traición —balbuceó—. Fue advertencia.

Silencio.

—¿Advertencia de quién? —preguntó Nikolai.

El hombre dudó.

Y volvió a mirarme.

Nikolai lo notó.

—Salgan —ordenó a los guardias.

La habitación quedó en silencio.

—Habla.

—El padre de ella… no robó para vender.

Mi respiración se detuvo.

—Robó porque sabía lo que ustedes estaban planeando.

El aire se volvió denso.

—¿Y qué estaba planeando?

—Una alianza.

—¿Con quién?

—Con alguien más grande que ustedes.

Silencio absoluto.

—El archivo completo no está en sus manos —añadió el hombre—. Está en las de ella.

La habitación se congeló.

Nikolai me miró.

Directamente.

—¿Es cierto?

No negué.

—Depende de lo que entiendas por completo.

El hombre soltó una risa nerviosa.

Error.

Nikolai asintió una vez hacia la puerta.

—Llévenlo.

Cuando quedamos solos, el silencio fue más pesado que cualquier amenaza.

—Sabías —dijo finalmente.

—Sabía que mi padre no era suicida.

—Me mentiste.

—Me protegí.

Se acercó lentamente.

—¿Tienes idea de lo que significa esto?

—Sí.

—No lo entiendes. Si existe una alianza externa… esto ya no es una traición aislada. Es guerra.

Guerra.

—Entonces tal vez deberías escucharme en vez de encerrarme.

Me sostuvo la mirada durante segundos que parecieron eternos.

—A partir de ahora, no eres mi rehén.

Parpadeé.

—Eres mi responsabilidad.

Eso era peor.

—Si esto escala, van a venir por ti primero.

—Ya lo hicieron.

Su mirada bajó apenas a mis labios.

—Lo que pasó antes fue un error.

—Claro.

Se acercó hasta quedar frente a mí.

—No volverá a repetirse.

—Eso dependerá de quién pierda el control primero.

Silencio.

Tenso.

Eléctrico.

Ya no era solo información.

Era poder.

Era deseo contenido.

Y una guerra creciendo más rápido de lo que ambos habíamos previsto.

El beso había sido un error.

Pero no el más grande.

El verdadero error…

Fue que ahora los dos sabíamos que yo tenía algo que él necesitaba.

Y en este imperio de sangre…

Eso podía costarnos todo.

La traición no siempre llega con disparos.

A veces llega con una sonrisa.

Era tarde cuando tocaron mi puerta. No fue el golpe firme de seguridad. Fue más suave. Casi respetuoso.

Demasiado respetuoso.

—Señorita Navarro —dijo una voz al otro lado—. El señor Orlov ordenó trasladarla a otra habitación por seguridad.

Mentira.

Nikolai no enviaría a nadie sin avisarme primero.

Pero fingí dudar.

Abrí la puerta lo suficiente para ver al hombre. Lo reconocí. Lo había visto patrullando el ala oeste. Siempre serio. Siempre silencioso.

—¿Ahora? —pregunté.

—Es urgente.

Sus ojos no sostenían los míos.

Error.

Tomé una decisión en menos de tres segundos.

Si alguien estaba moviendo piezas, necesitaba saber quién.

Salí al pasillo.

Caminamos en silencio. Pero no hacia el ala principal.

Nos dirigíamos hacia una sección menos iluminada de la mansión. El ala antigua. Donde casi no había cámaras.

Otro error.

Antes de que pudiera reaccionar, el hombre intentó sujetarme del brazo.

No gritó.

No forcejeó demasiado.

Fue limpio.

Preciso.

Pero no contó con que yo había aprendido a anticipar movimientos.

Giré el cuerpo, clavé el tacón en su empeine y me solté lo suficiente para retroceder.

El sonido de un disparo rompió el silencio.

No fue mío.

No fue suyo.

Fue de alguien más.

El hombre cayó al suelo con una herida en el hombro.

Y detrás de él apareció Nikolai.

Arma en mano. Rostro de hielo.

—Te dije que no salieras sin escolta —dijo sin mirarme.

Yo apenas podía respirar.

—Me dijeron que tú…

—Yo no ordené nada.

Dos guardias aparecieron segundos después y levantaron al traidor.

Nikolai se acercó a mí lentamente.

Demasiado cerca.

—¿Te hizo daño?

Negué con la cabeza.

Su mandíbula se tensó.

No estaba furioso conmigo.

Estaba furioso por perder control.

Me tomó del mentón con dos dedos, inspeccionando mi rostro como si buscara una grieta.

Y entonces pasó.

No fue planeado.

No fue suave.

Fue un choque.

Sus labios contra los míos en un impulso brusco, eléctrico, cargado de tensión acumulada.

No fue un beso romántico.

Fue una descarga.

Un error.

Duró apenas segundos.

Pero cuando se separó, el aire había cambiado.

—Eso no debió pasar —murmuró.

Pero no sonaba arrepentido.

La puerta se cerró detrás de él cuando me dejó en mi habitación.

Me quedé quieta.

Demasiado quieta.

El beso todavía quemaba en mis labios. No había sido dulce.

Había sido una advertencia.

Y una rendición momentánea.

Caminé hasta el espejo del baño y me observé. Mis mejillas estaban ligeramente sonrojadas. Mis ojos más brillantes. Más vivos.

Eso era peligroso.

Porque no debería sentir nada por el hombre que me tenía cautiva.

Un golpe seco en la puerta interrumpió mis pensamientos.

No esperaron respuesta.

Nikolai volvió a entrar.

Esta vez su expresión era distinta.

Control absoluto.

Pero debajo… algo estaba tensándose.

—Vístete —ordenó.

—Ya estoy vestida.

—Vas a venir conmigo.

No pregunté por qué.

Lo seguí por el pasillo escoltada por dos hombres. Bajamos al ala oeste, donde la noche anterior habían intentado matarlo.

El ambiente era más frío allí.

Más hostil.

En una oficina privada, un hombre estaba arrodillado, esposado, con el rostro golpeado.

Uno de los guardias habló:

—Intentó borrar registros del servidor interno hace una hora.

Mi pulso se aceleró.

—¿Qué registros? —pregunté antes de poder detenerme.

Nikolai me miró de lado.

Error.

Demasiado interés.

—Los que intentaron acceder con el código vinculado a tu padre —respondió él.

El hombre arrodillado levantó la vista. Sus ojos pasaron de Nikolai… a mí.

Y algo en su expresión cambió.

Reconocimiento.

Mi estómago se tensó.

No lo conocía.

Pero él parecía conocerme.

—Yo no hice nada —murmuró el hombre.

Nikolai se agachó frente a él con calma aterradora.

—Te dieron acceso hace ocho meses. Confianza. Seguridad. Y decidiste traicionarme.

—No fue traición —balbuceó—. Fue advertencia.

Silencio.

—¿Advertencia de quién? —preguntó Nikolai.

El hombre dudó.

Y volvió a mirarme.

Nikolai lo notó.

—Salgan —ordenó a los guardias.

La habitación quedó en silencio.

—Habla.

—El padre de ella… no robó para vender.

Mi respiración se detuvo.

—Robó porque sabía lo que ustedes estaban planeando.

El aire se volvió denso.

—¿Y qué estaba planeando?

—Una alianza.

—¿Con quién?

—Con alguien más grande que ustedes.

Silencio absoluto.

—El archivo completo no está en sus manos —añadió el hombre—. Está en las de ella.

La habitación se congeló.

Nikolai me miró.

Directamente.

—¿Es cierto?

No negué.

—Depende de lo que entiendas por completo.

El hombre soltó una risa nerviosa.

Error.

Nikolai asintió una vez hacia la puerta.

—Llévenlo.

Cuando quedamos solos, el silencio fue más pesado que cualquier amenaza.

—Sabías —dijo finalmente.

—Sabía que mi padre no era suicida.

—Me mentiste.

—Me protegí.

Se acercó lentamente.

—¿Tienes idea de lo que significa esto?

—Sí.

—No lo entiendes. Si existe una alianza externa… esto ya no es una traición aislada. Es guerra.

Guerra.

—Entonces tal vez deberías escucharme en vez de encerrarme.

Me sostuvo la mirada durante segundos que parecieron eternos.

—A partir de ahora, no eres mi rehén.

Parpadeé.

—Eres mi responsabilidad.

Eso era peor.

—Si esto escala, van a venir por ti primero.

—Ya lo hicieron.

Su mirada bajó apenas a mis labios.

—Lo que pasó antes fue un error.

—Claro.

Se acercó hasta quedar frente a mí.

—No volverá a repetirse.

—Eso dependerá de quién pierda el control primero.

Silencio.

Tenso.

Eléctrico.

Ya no era solo información.

Era poder.

Era deseo contenido.

Y una guerra creciendo más rápido de lo que ambos habíamos previsto.

El beso había sido un error.

Pero no el más grande.

El verdadero error…

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Y en este imperio de sangre…

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