El aire en la sala del tribunal de Milán era pesado, viciado por el olor a papel viejo y el sudor frío de la derrota. Elara apretó la mano de Dante bajo la mesa, sintiendo el relieve de sus nudillos.
Dante no parpadeaba. Su mirada era un rayo láser fijo en la nuca de Alejandro Marchesi, quien permanecía sentado en el banquillo de los acusados, con los hombros hundidos por primera vez en su vida. La luz amarillenta de las lámparas del techo acentuaba las ojeras de Alejandro, desnudando la fragil