La noche de Milán era un mortaja de humedad y jazmines que se pegaba a la piel. Alejandro Marchesi, con el dedo índice blanqueado por la presión sobre el gatillo, temblaba. El cañón de su arma oscilaba peligrosamente hacia el rostro de Elara y, por instantes, hacia el pequeño bulto que sollozaba contra su pecho.
Elara no retrocedió. Su bata blanca, ahora jaspeada de un rojo denso y caliente, goteaba sobre la gravilla del jardín. Sentía que el suelo se movía bajo sus pies, un mareo punzante que