El humo comenzó a descender desde los conductos, una neblina grisácea que picaba en los ojos y sabía a cemento pulverizado. La luz roja de emergencia giraba con una cadencia macabra, bañando las paredes de la biblioteca en un tono carmesí que recordaba a una morgue.
El aire se volvía denso, cargado de partículas de pintura vieja y el olor metálico de los cables quemándose, una mezcla asfixiante que anunciaba el final de su santuario.
Dante no se movió de inmediato. Sus ojos estaban fijos en el