El agua gélida de las alcantarillas lamía los muslos de Elara, una caricia de muerte que le subía por la columna. La negrura era absoluta, interrumpida solo por el haz errático de la linterna táctica de Miller.
El lodo se pegaba a sus botas como manos invisibles tratando de arrastrarlos al fondo. Dante la sostenía del brazo, sus dedos clavándose en su piel con una posesividad que rozaba el dolor.
— No te sueltes — gruñó él. Su voz, distorsionada por el eco de los túneles, sonaba como el rugido