El papel vitela crujió bajo los dedos de Dante, un sonido ínfimo que, en el silencio sepulcral de la biblioteca, resonó como un trueno. Elara no podía dejar de mirar sus manos. Esas manos que la habían sostenido en la oscuridad, que habían masajeado su vientre para calmar a sus hijos, ahora temblaban con una fragilidad que la aterraba.
Dante desdobló el papel con una lentitud tortuosa. El ardor en su pecho se había transformado en un frío glacial que le entumecía los hombros. Elara se inclinó h