El silencio en la biblioteca se volvió un ente vivo, devorando el oxígeno mientras las luces ámbar de la alarma seguían bañando el rostro cadavérico de Lucía. Dante no había bajado el arma del todo, su mano, entumecida por el esfuerzo y el sudor, descansaba sobre el metal frío, un reflejo de la desconfianza que le corría por las venas.
— No han sobrevivido solo por su ingenio — soltó Lucía, su voz sonando como grava rozando metal — Marco De Luca está vivo, Elara. Y él fue quien me envió para as