El zumbido del rotor en ralentí vibraba en las costillas de Elara, un recordatorio metálico de que el tiempo se les escapaba entre los dedos. La imagen de Leone en la pantalla gigante, imperturbable y cínica, era un veredicto de muerte.
— Sube, Elara — la voz de Dante sonó como un trueno bajo, cargada de una determinación que le heló la sangre.
Él agarró a Lorenzo por las correas del chaleco, arrastrándolo hacia la cabina del Bell 429 con una fuerza bruta que ignoraba sus propias heridas abiert