Los puntos carmesí bailaban sobre el vientre de Elara. Un zumbido eléctrico, como el de un avispero metálico, llenó el salón de baile de la Croce.
— ¡Al suelo! — rugió Dante.
La primera ráfaga de las torretas barrió el aire justo donde estaban sus cabezas, pulverizando una columna de mármol. Elara se arrastró por el frío suelo, sintiendo el roce del granito contra sus palmas sudorosas.
Dante se lanzó hacia las cadenas de Lorenzo, disparando su Sig Sauer contra los sensores de la torreta más cer