El pitido del radar se volvió un chirrido continuo, la señal de que el misil del caza estaba fijado en su posición. Dante apretó los mandos con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos, mientras el sudor frío resbalaba por su sien.
— Dante, diez segundos... ¡Nos van a matar! — gritó Elara, su voz compitiendo con el rugido del viento que se filtraba por las juntas de la cabina.
— Sujétate, Elara. No cierres los ojos — le ordenó Dante, girando el volante de mando con una violencia suicid