El coche se detuvo delante de la casa sin que yo recordara haber tomado las últimas curvas. Apagué el motor y me quedé sentada en la oscuridad, con las manos todavía aferradas al volante. El reloj del salpicadero marcaba las ocho y doce. Demasiado temprano para dormir. Demasiado tarde para fingir que el día no había ocurrido.
Abrí la puerta. El aire frío me golpeó la cara. Cerré el coche con el mando y subí los escalones de dos en dos, como si alguien pudiera estar esperándome al otro lado. Nad