El reloj del microondas seguía marcando el tiempo como si nada hubiera cambiado.
Doce y veintinueve, doce y cuarenta y uno. Una y tres.
Yo ya no lloraba.
El cuerpo se había vaciado. Las lágrimas se habían agotado en algún punto entre el sofá y la cocina, dejando solo un ardor seco detrás de los ojos y un peso enorme en el pecho que no se iba con el agua ni con el aire. Me quedé sentada en el borde del sofá, los pies descalzos sobre la alfombra, el traje arrugado, el móvil todavía en la mano c