Emilian no dijo nada durante varios segundos. Solo se quedó mirando la puerta, luego a mí, luego otra vez a la sangre que le manchaba los nudillos. El labio inferior ya estaba hinchado, el corte abierto y brillante bajo la luz del porche.
—Cinco minutos —murmuró al fin—. Y solo por el puto labio.
No esperó a que yo contestara. Subió los escalones con esa forma suya de caminar, como si el suelo le debiera algo. Yo lo seguí, las llaves temblándome entre los dedos. La cerradura resistió un segundo