Lo miré, sorprendida por la firmeza. No había espacio para discutir. Había algo en su tono que no admitía negativa, algo que no era lástima sino una decisión ya tomada. Me levanté con torpeza. Las piernas me pesaban. Cogí el bolso y él me esperó junto a la puerta, abriéndola para que pasara primero.
No hablamos en el ascensor.
No hablamos en la calle. Me guió hasta un restaurante pequeño a dos calles del despacho, uno de esos sitios tranquilos con mesas de madera y luz suave. Pidió por los do